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La existencia que nos desnuda ante lo que somos, la vida que nos renueva la conciencia son ejes de una búsqueda que el pintor imagina con el fin de desprenderse de una visión particular que se muestra en sus cuadros ante los ojos del que los contempla. Es difícil saber a ciencia cierta lo que el pintor nos dice en estos cuadros de colores vivos y gestos alborozados, como cuando apenas queda nada con lo que sostener un acto si no se recuerda nada de lo visto, lo dicho o lo vivido. Pero no es imposible si la pintura nos acerca a la vida y para hacerlo sólo exige colocar nuestro intelecto más allá de los sentidos cuando miramos un cuadro con los ojos muy abiertos o escuchamos con los ojos cerrados un poema. Cuando nos enfrentamos a un objeto artístico difícil de desentrañar, aunque no lo entendamos, nos reconoce libremente por lo que vemos si nos acercamos con los sentidos libres de cualquier prejuicio a la experiencia artística con intensidad. La pintura tiene su propia vida. Los poemas reflejan la existencia. Los cuadros se reconocen en la aventura del conocimiento, tal como se sitúa la vida cuando la pintura no tiene un reconocimiento tangible en estos tiempos que corren más rápido que el propio paisaje. Es necesario detener la mirada y parar el tiempo. La pintura recupera entonces su sentido ante cualquier significado que pretende descifrar lo que quiso mostrar el pintor, a quien el tiempo nunca se le acaba porque es inmenso el paisaje que mira con insistencia.

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