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Hablamos de lo imaginado, del recuerdo, porque la realidad del pintor no es sólo el paisaje exterior, sino también el paisaje interior que se extiende desde la memoria. La vida para el pintor es una conmemoración hasta la muerte, quizá la liberación definitiva ante una luz distinta, pero la pintura convierte ese gesto intrínseco en el impulso que apresa la alegría, tal como lo hace con la tristeza en un contorno reunido de sombras dispersas. El color es como las nubes que nos sorprenden en lo alto, pero no nos dejan ver más allá de su contorno. De la misma manera que la poesía se acerca con palabras a expresar el sentido de la vida que nos envuelve en su propio significado, la pintura es la imagen visible de un mundo detenido en la contemplación de la existencia.

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