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Sin creerse del todo lo que sucede, los radicales han ganado finalmente la partida. Y en el fondo viven con una alegría mal disimulada y una sonrisa permanente en la cara porque son conscientes de que hoy por hoy todo el mundo se ha convertido en un radical en potencia, aunque se disfrace de otros colores ideológicos. ¿Y cómo se ha llegado a esta situación donde los tonos y matices se dividen ya y para siempre en blanco y en negro? Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero lo que es evidente para los radicales es que hasta el enemigo se ha convencido de la bondad y la generosidad de la radicalidad en sus gestos más extraños. Porque a los radicales en el fondo, pese a que todavía no asumen esta nueva realidad donde cualquiera es más radical que el otro, les es indiferente quien gobierne o mande. ¡Quién les iba a decir hace una década que los que ostentan el poder se convertirían en unos radicales como los que lo buscan a cualquier precio! ¡Quién que los poderes periféricos abandonasen sus posturas comedidas para radicalizarse hasta el extremo con sus reivindicaciones locales! ¡Quién que los más radicales serían aquellos que se mantienen a cualquier precio por defender a capa y espada sus privilegios! Viendo como todo el mundo se convierte al radicalismo, los radicales más puros sólo sienten lástima por los necios. Esos que iban para radicales hasta que llegara el momento de decir basta y son, a ojos vistas, auténticas comparsas de una sociedad radicalizada tanto en el mundo de las palabras como en el de los gestos. Todo empezó en el mundo de las ideas. Uno tiene una idea y respeta, eso dice, la del otro, pero a la hora de defenderla se arma de una loca dignidad que hace temblar las barreras del silencio. Y el otro, como contraataque de ese atropello, recurre a levantar la voz y golpear la mesa. Una vez que cae, todos enfadados y llamando a gritos a los necios para que recojan los vasos y las botellas rotas. De la radicalidad de las barricadas se ha pasado a la radicalidad de los salones donde unos barren para casa y otros guardan la escoba hasta que llegue la mujer de la limpieza. A ésta hace años se la llamaba “justicia”, pero desde que los radicales han perdido su norte, que es como decir que han abandonado el monte, ahora cualquiera es capaz de hacerse pasar por lo que sea, con tal de defender con pasión extrema las ideas más conservadoras o más liberales. ¡Quién me iba a decir a mí, que iba para radical, que me haya convertido en un observador indiferente en medio de la calle! ¡Y quién te iba a decir a ti, que ibas para necio, que te hayas convertido en el más inteligente! Perdona, quería decir otra cosa: quién nos iba a decir a nosotros que los radicales iban a contaminarlo todo. Hasta esa pasión que defiende las ideas más locas o las más bellas.

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