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Durante muchos veranos
mientras veía a mis amigos
lanzarse al mar desde la carretera
mi padre y yo íbamos
en un Ford verde a Arrona
a trabajar en Bombas Azkue.
En esa media hora de camino
no hablábamos de nada.
Siempre la misma música:
Benito Lertxundi.
A mediodía nos sentábamos
en un restaurante
con un mismo menú
todos los días:
vainas y sardinas.
Él fruta y yo flan.
Él vino y yo agua.
Cuando el Ford volvía
mis amigos seguían
tirándose al mar
desde esta carretera
donde ahora estoy
mirando al agua
como si no hubiera pasado
nada de aquello.
Pero aprendí mucho.
Aprendí por ejemplo que en la vida
hay que levantarse temprano
y que la repetición es buena
para conocer un oficio.
Que un hombre debe tener
un poco de dinero encima
y que no hace falta hablar
para explicar esas cosas
que parecen dichas
desde tiempos remotos.
Aprendí que el silencio cimenta
la relación de padres e hijos
como la vida posee
una amplitud de miras
cuando se ve el mar
desde una ventanilla
de un coche verde y viejo.
Aprendí que en la cabeza
se escucha una música
que una vez que se olvida
vuelve como el sonido
del mar ligero.
Y que no se debe temer
a la muerte si se trata
a la vida con esmero.

Del libro, El gato negro del amor

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