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La violencia no se obtiene como un producto letal que se adquiere en un supermercado, sino que nos consume como una vela que se enciende en el tiempo y sucumbe frente al viento de la historia. El mundo, ese triste supermercado de productos caducos, incapaz  de degustar nuevos alimentos. La muerte acecha por temporadas a quien justifica su existencia en el odio y la venganza. Pero la vergüenza no puede continuamente justificar la existencia aunque vivamos como ciudadanos honrados. No puede probar nuestros actos como tampoco compramos por costumbre los alimentos en tiendas cerradas a cal y canto. Y me dirás, ¿qué más da si, pase lo que pase, el propietario es el comerciante de turno? Sólo que la violencia cobra sus deudas hasta el último céntimo, tanto como la dignidad del último de los inocentes, hasta que nada tenga remedio y la paz llegue cuanto antes.

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