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Con la carga de silencio que supone la mirada suspendida, con el misterio que comprende la fuerza de un pulso acostumbrado a narrar con dibujos y pinturas de sólidos y metafóricos trazos, con la habilidad que responde un oficio anónimo ante los ojos del mundo, el paseante hace suyos, con cierto aire de despiste, los sueños del transeúnte, porque entre uno y otro apenas son conscientes de lo que se transmiten sin saberlo, hasta que el paseante nota cómo ante sus ojos se abre la metáfora de la vida en un paisaje detenido por el hombre. Es la magia del arte. Y es el artista el que convierte con su mano al paseante y al transeúnte en un solo hombre, como un reflejo del andar de nuestro tiempo. Una época en que la figura humana se desdobla en sueños y realidades complejas que sólo los ojos acostumbrados a mirar donde nadie en principio ve, donde nadie se atreve a predecir otras realidades, descubren matices y gestos que hablan de nosotros con toda su carga mágica al descubierto.

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