Etiquetas

,

Me dirijo al pantano, escojo un paraje recóndito, oculto por la maleza, un rincón que bordea el agua, donde surge una pequeña playa de barro, piedra, juncos y hierba. Extiendo la manta, me desnudo, dejo que el sol cubra con su calor mi piel. El sonido es el de los grillos y los pequeños pájaros que se acercan a los arbustos. Un águila cruza el cielo y de vez en vez escucho cómo un pez salta al aire desde las profundidades del agua. El viento cálido, aunque es capaz de hacer bailar a las hojas de las ramas y a las cañas que se entierran en el agua, no tiene la fuerza del aire frío del invierno. Es un día pleno, abierto, soleado, estoy solo, sin ropa, leyendo la correspondencia entre Hermann Hesse y Stefan Zweig. Una conversación transparente, lúcida y sin artificios donde el diálogo avanza por la misma vida y queda como un magnífico testimonio sobre la amistad de dos personas que apenas tuvieron el tiempo para encontrarse. Yo prefiero a Hesse, es más listo, más directo, más puro, pero el autor de Novela de ajedrez no se le queda a la zaga a la hora de profundizar en unas señas de identidad que el mundo no quiso como propias. Qué respeto, qué manera de decirse las cosas, incluso las que nos cuesta confesar a los amigos o decir a otros colegas.

Anuncios