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De polvo viejo está hecha la arena del conocimiento.

En la distancia la selva del idioma. La impotencia

de la mentira en la memoria del lenguaje.

El recuerdo como si la palabra atara la sangre a la tierra

o como si los silencios fueran la sangre.

Un día y otro entre las embestidas del tiempo

intentando ser amable. Yo ya no huyo,

mas el verso dicta la nada y el remordimiento

me clava los ojos al azul del cielo.

El verso son estacas inexistentes,

el viento que acaricia los cabellos más allá de ti.

También hubo un lienzo de oscuridad

que nos alzó a la felicidad momentánea.

Y una taberna donde las figuras fueron noche

como había puertas que abriste con la boca.

Y al asalto de aquellos placeres la alambrada

se hizo sueño frente al silencio de una de aquellas puertas.

Yo ya no huyo. Me acepto con humildad y cuento,

una tras otra, las huellas que dejó la sangre.

No se trata de renegar de lo que hicimos,

pero tampoco de olvidar que fuimos olvido para ser felices.

 

Del libro, Poesía sola, pura premonición

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