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El arte se oculta a los ojos de sus contemporáneos debido a su propia complejidad. El hombre de hoy, el paseante, no imagina que a menudo el artista se confunde con un transeúnte en sus idas y venidas por las calles de su ciudad como una metáfora de los caminos del mundo. Pocas veces el paseante coincide con este mundo, complejo y extraño por la incapacidad de entenderlo y abarcarlo en toda su extensión y magnificencia. Algunas veces, sólo algunas veces, siente el paseante que el arte transciende con su belleza una parte de sí, como la naturaleza que le rodea o la ciudad que sobrevive con los hombres que caminan a su lado. Sólo muy pocas veces, el paseante tiene la suerte y la oportunidad de captar el momento, el instante en el que el artista, camuflado como un anónimo ciudadano, plasma con su arte las ensoñaciones y sensaciones que corren tras la mirada del paseante, haciendo de la necesidad de dibujar el mundo una de las explicaciones más bellas a los ojos del transeúnte.

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