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A mi amigo le gusta viajar en tren. El paisaje que se mueve, los árboles que se repiten, el pensamiento que se balancea al ritmo del ferrocarril, el espacio entre los viajeros, los pasillos en los vagones y las ventanas amplias le dan a mi amigo la medida de su mundo. A mi amigo no le importa llegar tarde ni que el tren se pare cada dos por tres. Él está acostumbrado y nunca piensa en quejarse a la autoridad competente.

En uno de sus viajes un señor se tiró a su paso y el tren estuvo detenido unas horas hasta que llegó el juez. En otro, mi amigo vio cómo el tren ardía hasta dar con los viajeros en la intemperie más sana. Mi amigo está acostumbrado. Cuando le dicen que en otros países existen trenes que vuelan o que hay quienes viajan en uno recién estrenado donde los asientos parecen los de un hotel móvil, mi amigo no se da por aludido.

Él asume que hay que tener paciencia y hay que conformarse con lo que toque. El gobierno, con los impuestos, no puede hacer milagros, opina mi amigo. Y se queda tan tranquilo. El viaje para él es una cosa sagrada. Lo demás no tiene tanta importancia. Son los europeos que se quejan por todo, acostumbrados como están a moverse con dinero, los que no saben valorar qué es moverse de un sitio a otro en medio de la gente.

Él vive en un país que no sale en los mapas importantes. Cuestión de principios que no van con nosotros, dice. Y se pone a hablar de su próximo destino, sin pensar en la dificultad del viaje y sin que de verdad le importe el tiempo que dure.

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