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Oriente es ese lugar que está lejos. Oriente es lo que los occidentales no entienden. En otros paisajes es la luz que nos cautiva en otros aromas, en otros rasgos, en otros gestos, en otros sonidos que nos identifican como extraños. Nos gusta viajar a un mundo diferente donde el ritmo de la vida se detiene y la gente camina con otras preocupaciones y filosofía. Oriente es lo exótico en el arte y la libertad por momentos en una sociedad que ve con nuevos ojos el dominio de nuestra existencia. ¿Cuántas veces acude el viajero para pintar sus atardeceres? ¿Cuántas el poeta para cantar sus silencios? ¿Cuántas el investigador para revivir sus sueños? ¿Cuántas la historia para reconocer un lugar que no tiene mando en el mundo? Oriente es lo que nos cautiva cuando no sabemos lo que queremos. Un lugar extraño que reconocemos cuando volvemos a un mar sobre una duna que cae con el viento. Un alud de hombres y soles diminutos que nuestra mano elimina de un plumazo de la faz del mundo. Oriente es el pretexto para jugar a ser hombres con el prójimo. Una identidad que nos divide la conciencia cuando acudimos en su busca y sólo encontramos las ruinas de lo que quiso ser mientras el artista dibujaba con su mano lo que se estremecía con el tiempo. Oriente tiene siempre un tesoro escondido. Un mensaje enterrado. Edificios destruidos. Piedras que viven después de tantas tragedias perdidas. Como pobre es el mundo, rico en enigmas es Oriente. Como poderoso es el silencio, tiene su orgullo escondido entre tanta tristeza y desasosiego. Volverá el viajero a esos países, volverán a ser escuchadas las palabras en el eco del desierto. “Mientras quede un mapa, mueren los hombres sin saber dónde”, dice un viejo epigrama. El mundo quiere lo que no tiene cuando la realidad supera lo imaginado.

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