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El día que muera

no me enterréis con los míos,

dejadlos en paz.

 

Dejad a los Aurizenea con su timidez y su belleza

alzarse sobre una colina

con el apellido a cuestas.

 

Dejad a los Murua descansar por fin

con su inteligencia

y sus ojos ruidosos.

 

Dejad a mis amigos en su descanso.

A mis enemigos, dejad que sus huesos

les coman los gusanos.

 

Disfrutad de la fiesta el día que muera.

Prohibid exequias, negad mi buen nombre,

bebed un vaso de vino.

 

Leed algo, quizá un poema, pero no mío.

Y ahuyentando mi memoria

con una bengala detrás del horizonte, olvidadme.

 

Aventad mis cenizas el día que muera

en un círculo hecho silencio.

Ese día descansad y dejadme.

 

Y si alguno de vosotros llora

decidle que si es triste el recuerdo

la vida mereció la pena.

 

Del libro, No es nada

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