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André-Marcel Adamek es un belga sesentón que vive en un pueblo de las Ardenas dedicado a la edición de libros de poesía. Su vida daría para una novela, pues como su admirado Jean Giono, o el mismísimo Henry de Monfreid, pronto se convirtió en un navegante que terminó por desempeñar diversos oficios, alguno de ellos bastante originales, como domador de perros o criador de cabras enanas, hasta convertirse en el escritor que conocemos hoy. En España, no obstante, sigue siendo un auténtico desconocido. Hace un año Txalaparta publicó El pájaro de los muertos, pero a mi juicio Le maitre des jardins noirs es esa novela que resume su capacidad de envolver la escritura con los destellos propios de la literatura oral que se descubren en las lecturas que nos hipnotizan de la primera hasta la última página, porque de un modo natural articula un desenlace inesperado, sorprendente, que cierra a la perfección los detalles de una narración simbólica en el que el paisaje humano se confunde con la historia y el paisaje de la naturaleza sirve de contrapunto a la poesía de la narración. El hostigamiento que cada vez va más lejos entre los vecinos, los jardines negros que se extienden a lo largo de doscientas hectáreas, la historia de la epidemia en el pasado, “una tierra negra donde sólo crecen las flores de la muerte”, es la escenografía elegida, el límite temporal, el espacio narrativo de una historia de deseos ocultos, de resurrección y de esperanza.

Esta explicación podría hacer pensar que estamos ante una novela sicólogica de calado, un libro en cierto modo complejo. Pues no, El Señor de los jardines negros es una novela sencilla que vuelvo a leer y que Blanca Gago ha traducido estupendamente, pese a la proliferación de algunos registros inherentes del ámbito rural, que podrían confundir en una primera instancia al lector urbano. La leyenda que subyace en la novela, el relato que enfrenta a dos familias de edades y aficiones diferentes, representa una metáfora de la realidad cotidiana que, aparentemente alejada de la mirada indiscreta de todos, nos refuerza en su sentido más literario. Es como la verdad que nos delata sin saber el porqué en una realidad que comparten los personajes sin reconocerlo. Sí, se trata “de magia cotidiana e imperceptible a primera vista”.

Toda la obra narrativa de André-Marcel Adamek tiene un sustrato poético que no lo puede captar el lector en una primera lectura porque, cuando se abren las primeras páginas de sus novelas, se queda hipnotizado por lo que se le cuenta y la manera como lo hace. Cuando era muy joven, antes de cumplir veinte años, Adamek publicó algo de poesía, pero después sólo ha intentado introducir sus pulsiones y sentidos poéticos en sus novelas. Humildad, experiencia, aprendizaje, respeto. Emoción, literatura.

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