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Necesitamos que nos digan lo que somos con los dolores de la vida mezclándolos en libertad con la alegría del sentimiento. El día que consigamos el silencio que media en el beso de los amantes que estuvieron a punto de separarse no tendremos que recurrir a la memoria compartida con la interpretación equívoca. Ese día no lloverá por ningún lado, habrá llegado el milagro que esperábamos, la solución a nuestros males. Se imaginan, ni un extranjero ni un emigrante, nadie que se avergüence por lo que es, que no se atreva a decir lo que piensa, lo que siente, lo que hace, cómo se llama. Lo que necesitamos es un poco de color para sentir la vida como si estuviéramos desnudos en una isla desierta y con el barco de los sueños a la deriva. Necesitamos caminar sin olvidar la historia a nuestras espaldas y llamar a las cosas por su nombre. Atrevernos por los menos. Colorear el paisaje sin locuras, sin trincheras frente a tanto valle agreste y montaña nebulosa. Necesitamos el silencio para mirarnos después de tanto grito por los que se atrevieron a huir a nado o a buscar el mundo en caminos disparatados con una fe ciega. No hay clases que nos diferencien a los ojos de los hombres, no hay vestidos que tapen los errores cometidos, no hay vendas que nos salven de los horrores percibidos como afrentas personales. En esta nave de la locura que es la existencia de las diferencias compartidas necesitamos del cuerdo y del loco, del cojo y del vidente, del extraño, del feo y del enfermo, del hermano y de la muchacha que bebe con lágrimas la desaparición de sus seres queridos. Necesitamos de lo poco que tenemos, de las ruinas compartidas, de los lisiados del corazón, de los mutilados de la historia, de la realidad que nos hizo creer lo imposible para recuperar el sentido de las promesas compartidas. No sobra nadie. Aquí no hay enemigos, no hay banderas, ni fronteras en un navío sin nombre que cruza un desierto donde nos están viendo los muertos. Los nuestros, los de los otros, esas palabras que diferencian lo que no debiera ser así, por lo menos al principio, pero que han hecho mella en el esfuerzo por compartir las cosas elementales y bellas. Las que se olvidan primero: un abrazo, una caricia, una mirada tierna, porque en el fondo no existen las diferencias. Por lo menos, no las de raza o religión, no las de patria o comunidad, no las de victoria o derrota, imposición o muerte, sino las que nos hacen daño cuando nos retratamos por lo que somos como la envidia y el resentimiento al pensar que es a otros a quien se rechaza. No por lo que somos si nos creemos algo cuando en realidad no somos nada. No por lo que seremos, sino por los colores de mil sombras en luz plena. Que es como decir, la esperanza que nos queda.

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