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“Creo que además apesto porque tengo el olfato deteriorado y no percibo el olor ni de mi culo sucio, ni de mi boca pestilente”, escribe Géza Csath el 31 de enero de 1913. El diario de este siquiatra y adicto a la morfina refleja la mentira que arrastra la droga, pero mientras Csath se adentra en sus propias reglas morales, la escritura nos descubre su alma lúcida, su apetito sexual desbordante, la falsa moralidad de la época, la vida miserable, sus planes de futuro que no se cumplen por esa enfermedad que era mortal y que él mismo, como médico, reconoce que no tenía remedio. El epílogo firmado por su primo, el escritor Dezso Kosztolányi, se perfila desde el cariño, pero es duro y revelador porque explica la locura del escritor que terminó convirtiéndose en el asesino de su mujer y que se suicidó a los treinta y tres años como un morfinómano sin remedio.

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