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Es un libro extenso, lo reconozco, son veinte años de escritura, un repaso a mi vida como poeta y a mis pensamientos en torno a la escritura. El primer poema se escribió cuando vivía en Berlín, hacia 1989, y el último se retocó en el proceso de las correcciones del libro que he titulado Poesía sola, pura premonición, un libro que tiene poemas del siglo XX para el sigo XXI y del XXI que recuerdan a finales del XX.

Poesía sola, pura premonición está dividido en siete espacios o cuadernos y un epílogo final con breves poemarios a modo de resumen y que termina con un capítulo esclarecedor: “Como he soñado”, que presenta las vivencias del poeta en medio del carácter premonitorio que nos concede el sueño.

El título del libro bebe de las fuentes de la poesía profética, de la evocación de las palabras, de lo que se ve, se intuye, se escribe y luego aparece más tarde o se cumple un día. “Sola” porque es poesía sola, porque está también sola, porque se presenta sin interferencias, a la espera de su descubrimiento, de un lector que interprete sus cambios, sus luces y sus sombras; y “premonitoria” porque nos abre los ojos al futuro cuando el poeta escribe de lo que ve y sucede sin más.

No es poesía del absurdo desde luego, no es poesía social ni expresionista, no es poesía narrativa ni oral, no es poesía mágica ni religiosa, y porque recurre a las formas y estilos de los diferentes lenguajes poéticos en uso, es poesía al límite que se confunde con el tiempo y las palabras que viven en el mismo tiempo. De poder ser algo, podría ser poesía del futuro.

Cada cuaderno está dividido en cuatro poemarios y cada poemario o capítulo tiene unos treinta poemas. El primer cuaderno se titula “Ventanas frente a frente”, y las ventanas aluden al mundo del paisaje y del hombre que mira y es observado a su vez. Vuelvo a los espacios del paisaje exterior e interior donde habitan los sueños y los recuerdos, y los anhelos se presentan con esas palabras que en los hombres se descubren diferentes hasta que el destino las junta de nuevo.

La vida manda a todos con su incierto paso. Al hombre le queda la poesía tanto como la memoria, que sin libertad se muere, porque lo que se sabe mira al pasado y lo que no se sabe contempla el presente. Entre medio, aparecen los temas poéticos como el descubrimiento del cuerpo o del amor cuando parece que la vida y la muerte no son lo que eran.

En el segundo cuaderno, el hombre se muestra como es, con sus heridas, con la piel quemada, porque así como existe lo que nadie ve y siente, lo que nadie pronuncia y se vive, lo que parecía imposible de descifrar más allá de las cosas, surge la realidad que nos rodea cuando vivimos en una sociedad que nos retrata. Y sin embargo, como nadie nos ve como somos, vivimos y sentimos el subterráneo, la oscuridad, surge el miedo, por lo que, por costumbre o por seguridad, volvemos a abrir las ventanas y regresamos a casa. Es evidente, no obstante, que lo que se ve no es importante frente a lo que parece que no existía cuando aparece la realidad más oculta.

En el cuaderno tercero, las puertas caen, las de la casa, las de la vida, las de la poesía. A la intemperie, el cielo queda de testigo y así cruza el aire el cuerpo de cada uno. Verse en medio de la nada nos lleva a pensar en lo que somos, en lo que decimos, en cómo vivimos. Es la búsqueda, pese a los dilemas posibles, pese a las injerencias en el camino o a las intermitencias que se cruzan en nuestro destino. Y en la búsqueda construimos el refugio, nuestra defensa, nuestro propio temor, Alzamos el lugar, que es una manera de vivir antes de que acontezca la muerte.

La muerte nos supera, nos sobrevive, nos oculta, nos delata y nos atemoriza. Pero antes, en la vida, debemos reconocer el polvo del conocimiento, la felicidad momentánea, el aislamiento y la integración en la sociedad en el presente y en el futuro. Podremos volver a la orilla del pasado e incluso a lo que hacemos en el presente con las palabras que se pronuncian como “te amo”, “te quiero”, o esas otras que se identifican con nuestro paso.

Son los pasos prohibidos, los errores cometidos, como un paso previo a la felicidad momentánea, a la presencia de la vida y de la poesía, a la presencia constante de quien vive y habla. Es vivir por lo que se dice, pese a todo. Tal vez no haya nada más real que lo que se dice y se vive como lo que muere al mismo tiempo. Por eso la poesía se confía en el silencio, en el eco de la palabra frente a unos y otros, frente al enfrentamiento entre los hombres, entre los que dicen y escuchan, los que ordenan y obedecen, con esos registros que explican la vida sin distinciones, sin matices, sin márgenes de error, sin posibilidades de derrota, sólo con proclamas de victoria, opulencia o beneficios.

Si miramos el pasado o el presente, y si nos pudiéramos instalar en el futuro, veríamos cristales derramados, ruinas, huesos, objetos que un hombre aprieta en sus manos y que sobreviven entre el polvo, los cascotes, los escombros y las ruinas. La luz debería iluminar el firmamento, el paisaje cercano, pero es entre las sombras donde respira la vida. Las sombras de una pistola en la mano, las sombras partidas del caos, las que nos llevan a jugar con la vida y la muerte, con el suicidio o el abandono, con las palabras más tristes y duras, con el poema en el punto de mira. Ese poema de la verdad, de la ausencia, premonitorio que nos dice en qué nos convertiremos algún día.

Y sin embargo, la poesía constata la diferencia entre la vida y la muerte porque el hombre y la palabra existen pese a las desilusiones, pese a la miseria, cuando se vive el presente: el ahora, el tiempo lento, que toma distancia de lo que ocurre y sentimos para ser de verdad uno en el cuerpo, uno con su desgarro, uno con las palabras que se pronuncian o vienen sin más con la presencia del individuo, con la evidencia del amor, de la felicidad, incluso del dolor y del sufrimiento en ese último tránsito, antes del juicio final o en ese vivir en libertad tal como quisimos antes de la verdadera muerte.

Al final del proceso, el sueño o el descanso vuelven a enumerar lo vivido. En “Como he soñado” se pueden leer los poemas que hablan del paisaje, de los sentimientos, de la palabra, del tiempo, de la divinidad, del viaje, del final mismo. Son los treinta últimos poemas que resumen los treinta capítulos que contienen los ocho cuadernos.

La premonición es la poesía que se rebela ante el recuerdo. “Si del silencio nace la palabra, del sueño la premonición” afirmo en uno de los poemas que bucean en el significado de las palabras que nos avisan, no sólo de lo que fuimos sino de lo que seremos, como en un siglo veinte o en un siglo veintiuno donde el recuerdo se interroga por lo que viviremos.

Es la unión entre el tiempo y la vida, entre el hombre y el poeta, entre la realidad más evidente y las percepciones más extrañas que nos explican la presencia del individuo ante el paisaje. Poesía sola, pura premonición se encuentra en el límite de lo real y lo imaginario y vive en medio de las palabras que nos sitúan en el fondo de un porvenir que se descubre en una mirada poética aparentemente difusa.

Sé que he escrito un libro extraño, pero puedo decir que todo en él está medido y clasificado, ordenado y sentido, observado y vivido, escrito y leído en un tono único y en unas medidas exactas. La atmósfera es propia de la poesía del futuro, pero la presencia es la de un hombre que se interroga por su vida en cualquier tiempo y lugar, de este u otros mundos posibles, porque de la misma imposibilidad de conocer su destino nace la poesía sola.

 

km, 14 de abril de 2010.


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