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Prepotentes en un mundo donde la humildad no tiene credibilidad y en el poder no hay espacio para la duda y la pusilanimidad no se tolera en público. Lo hemos sido de adolescentes cuando decíamos saber del amor sin conocer nada de la vida. Lo somos de jóvenes cuando creemos que nos comemos ese mundo que no está hecho a nuestra medida. Lo hemos sido a menudo sin saber que lo éramos por una cuestión de educación que se aprende durante años en las familias, en el colegio, en el trabajo, en la calle. Lo somos cuando estamos con la gente. Nunca cuando estamos solos. Lo somos en cualquier lugar del mundo donde un hombre se enfrenta con su propio miedo ante la mirada indiscreta de tantos que la huelen como una falta de respeto cuando nadie muestra su disconformidad en público, porque en el fondo se lleva como un gesto asumido por todos.

La prepotencia es una fatídica respuesta al miedo que llevamos dentro y que pocas veces aflora más que en esa confesión que vierte lágrimas cuando se piensa que todo ha terminado y nada tiene sentido. Lo somos con las mujeres, lo somos con los niños. Nos reímos de la vida y nos enorgullecemos de nuestra inteligencia sin saber que la vida nos retrata como ingenuos monigotes a la medida de cualquier cosa sin apenas trascendencia. Con una importancia momentánea lo somos cuando se amplía su ruido en un eco diminuto a la medida de la vanidad del hombre.

La prepotencia no tiene ninguna trascendencia. Es un castigo en sí. Cuando te sientes pletórico y sueltas un latigazo, en el fondo te estás golpeando sin saberlo. Cuando crees tener el poder de hacer lo que quieres te estás engañando sin reconocer tu propia derrota. Te sonríes en el espejo pensando que eres el más fuerte, el más guapo, y delante aparece la sombra de un idiota que no sabe reconocer sus propios errores. Que no se atreve a dar marcha atrás a la locura en que se ha metido, en que le han metido, en que nos ha metido.

Y vemos a los prepotentes alzarse en la política, en la prensa, en la literatura, sin poder huir de esa sombra contagiosa que sabe de todo sin saber de nada. La vida como esa dulce melancolía que reconoce a su paso a los penitentes. Pero con buenas palabras, con gestos calculados, los prepotentes nunca dan el brazo a torcer porque llevan la razón allá donde haya público para secundarlos. Con armas o sin ellas, con la calma que concede el traje, en sus manos el destino de todos como parte de una locura que nos lleva a ninguna parte. El silencio impotente ante tamaña ignorancia que es capaz de explicar el mundo como uno más uno son cuatro.

Un error reconocer el presente en la actualidad efímera. Pero, ¿por qué bajamos la cabeza ante tanto iluminado que dice que nos escucha cuando pretende nuestro silencio?

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