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Por pocos es sabido que Erik Lindegren (1910-1968), introductor del llamado modernismo lírico y precursor de una poesía experimental, donde frente a la mera necesidad de comunicarse imperaba la obligación de expresar el pesimismo, la angustia y la fragilidad de la época, es el poeta sueco más importante de la década de los cuarenta. Una década crucial de la historia, pero también del arte, y de las letras europeas que avanzaban en la búsqueda de un nuevo lenguaje como respuesta a una realidad disgregada y desconocida, provocada por la situación bélica y la incomprensión que de pronto adquiría el hombre frente a sus coetáneos.

Algunos por contra saben que Erik Lindegren es el autor de el hombre sin camino, una colección de sonetos despedazados que plasman con su forma fragmentaria la época frágil y comprometida que vivió el poeta. Una obra que es considerada hoy en día, una joya de las letras suecas y de la literatura europea del siglo XX, y que sólo encontró cuando fue publicada el rechazo de muchos críticos y lectores que no entendían ese apogeo de imágenes, esa poética brutal y desgarradora, que convirtieron al libro, hasta su recuperación por los poetas de las décadas posteriores, en la máxima expresión de lo incomprensible de la literatura de la época.

Inspirado en los surrealistas franceses y en el preciso lenguaje metafórico de los autores contemporáneos que Erik Lindegren conocía por sus lecturas, como T.S. Eliot y Ezra Pound, e influido por el drama existencial y literario de Auden, el hombre sin camino parte como un preludio personal a una poesía contemporánea en conflicto con el mundo que le rodea, a un espacio formal nuevo donde el derrumbe de los valores tradicionales a consecuencia de la guerra se explica y señala con el grito plástico, con el tono emotivo y los sentimientos radicales que sugieren las metáforas trepidantes y las imágenes extremas, más allá del valor léxico de las palabras escritas o pronunciadas.

Es el mismo Erik Lindegren quien en 1946 con el ánimo de terciar en una estéril polémica en la revista BLM sobre uno de los  poemas del libro, calificado de especialmente incomprensible, quien nos aclara que “el poema no necesita ser comprendido de la manera en que el autor lo comprende; lo principal es que el lector entienda el sentimiento y con eso habrá entendido sus pensamientos, pues no hay nada que envejezca tan rápidamente como los pensamientos de un poema.”

Para Lindegren, el sentimiento es el primer paso para la comprensión poética, y con este fin, “la imagen tiene que liberarse de su posición subordinada, decorativa, y convertirse en el elemento capital del poema. El pensamiento tiene que pensar en imágenes y las imágenes del sentimiento tienen que incorporar el pensamiento, se trata todo el tiempo de una interacción. Cuando pensamiento y sentimiento se encuentran de este modo en la imagen y se impregnan entre sí incesantemente, en el mejor de los casos debe surgir un poema que lleva el sello de vision…

Si ante la herida de la guerra, el hombre se ve impotente ante un futuro incierto y una realidad sangrante, el poeta, en este caso Erik Lindegren, siendo él mismo también un hombre más de su época, entre la representación realista del mundo y su plasmación más introspectiva, experimental y simbólica, encuentra en el hombre sin camino su verificación poética y su ideario radical. Cuando sensación e intuición pasan de forma secreta al registro  poético del hombre, arrinconado por lo que no entiende y desconoce, surge el grito premonitorio, el eco a primera vista hermético e inclasificable, que sólo después se descubre clarividente como un paisaje iluminado de la palabra, tras una encrucijada de silencios.

Cinco años después de el hombre sin camino, Erik Lindegren, un poeta con una obra concentrada y medida en su eco y extensión, e imbuido por un peculiar romanticismo en el que el lector descubre a primera vista la presencia de Shelley y Hölderlin, publica un libro de poemas de una musicalidad plena titulado Sviter (1947), que tendrá tanta importancia para la generación de la literatura sueca de los años cincuenta como lo fue el hombre sin camino para los autores de la década anterior.

Finalmente en 1954, cuando la literatura sueca enlaza con un tono más lúdico, irónico y apacible, y cuando muchos autores de ese decenio son acusados de desentenderse de los acontecimientos mundiales como la guerra fría o la carrera armamentista, Erik Lindegren, el poeta que conocía como nadie al hombre, escribe Vinteroffer (Ofrenda de invierno), un poemario en el que la soledad y la vejez, simbolizadas por el frío y el invierno, están presentes, junto a otros motivos esenciales para entender al autor como la condición del escritor, las miserias del poeta, las dificultades del artista frente a la vida y su propia creación.

Con una escasa producción pero con una obra singular e importante desde el punto de vista poético, fue también traductor, ensayista, director de la revista cultural Prisma, así como autor de libretos de ópera en los que colaboró con el compositor  Blomdahl y miembro de la Academia Sueca desde 1962 hasta su muerte. Pero para algunos fue el hombre que dibujo un camino con un libro de poemas que llevaba por título la herencia del hombre en su deambular humano a solas, y fue el poeta que en sus escritos encuentra y dibuja esas intuiciones desconocidas, que en un primer instante de máxima ceguera pasan desapercibidas, pero que con tiempo son como un ejemplo de lucidez para muchos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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