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He leído Editor, de Tom Maschler, una figura del mundo de la edición inglesa que llegó a ser el presidente de la editorial Jonathan Cape y creó el Broker Prize. Los autores que “descubrió” ocupan los catálogos de las editoriales más representativas de España. Y los escritores hispanos que se publican en Inglaterra, aunque sean bien pocos, se deben a su interés por la cultura española. Leyéndolo se nota su pasión por el mundo de la edición y su estrecha relación con los escritores, a los que adora y defiende, pese a sus constantes encontronazos y algún que otro distanciamiento provocado por la personalidad de estos. En la página 144 escribe: “Me consuela pensar que en este oficio la amistad es un peligro”. Otra idea que guardo al cerrar el libro es que no son los editores los que descubren a sus autores, sino que son los escritores quienes eligen y dan con sus editores. En un libro tan extenso que recorre los cuarenta años que trabajó en Cape hay pasajes inolvidables, viajes que van desde Francia hasta Nueva York, encuentros irrepetibles como el de John Lennon, fragmentos biográficos que se leen con interés y donde emergen figuras tan conocidas como Allen Ginsberg o Kurt Vonnegut. Las cartas que reproduce de este último, cuando el mismo Tom Maschler pasaba por una depresión, son magistrales; escritas sin artificio alguno, van dirigidas al corazón con un hilo directo tocado por la complicidad y el humor. No obstante, he de decir que ha habido momentos en que no me identificaba con su manera de vivir y entender el oficio. Hay, por ejemplo, demasiadas cenas y fiestas para cerrar contratos y negocios, algunos encuentros fortuitos que parecen forzados, descripciones de ventas que se me escapan de las manos, tipos de libros que por mi parte nunca publicaría, y sin embargo he de reconocer que Tom Maschler conocía mejor que nadie su oficio y que acertó con sus apuestas más personales. Cuando en la fiesta del Deutsche Bank, el mayor acontecimiento social de la feria de Frankfurt, abandona la sala, sale a la calle y se quita la corbata, reconoce que experimentó una sensación de felicidad. Era 1994.

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