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Luke, mayo 2008.

Kepa Murua, nacido en Zarauz en el año 1962, se ha convertido durante los últimos años en una de las voces poéticas más personales y originales del panorama lírico vasco actual. A obras como Siempre conté hasta diez y nunca apareciste (1999), Cavando la tierra con tus sueños (2000), Un lugar para nosotros (2000), Cardiolemas (2002), La poesía y tú (2003) o Las manos en alto (2004), podemos añadir un nuevo título recientemente publicado por la editorial madrileña Calambur: No es nada. Este nuevo poemario del poeta vasco representa, si no un cambio radical en su trayectoria, sí una diferente propuesta en cuanto a sus claves referenciales y actitud lírica que, como en sus otras obras, continúa ofreciendo al lector la posibilidad de re-ligarse con aquellas dimensiones más esenciales de su existencia.

 

Siempre he pensado que cuando un crítico o un lector no especializado comenta un libro o simplemente habla de él lo que en realidad hace, lo que hacemos todos porque es lo único que podemos hacer, no es otra cosa que glosar, interpretar o verbalizar con mayor o menor precisión nuestra propia y particular experiencia de lectura, lo que hemos sentido y aprehendido (en el sentido de asimilar, recoger) al deslizar los ojos sobre las líneas del texto. Por lo tanto, conviene que empiece esta breve reseña apuntando que lo que ha dicho Kepa en su libro de poemas, o lo que ha querido decir, no lo sé con exactitud. De lo único que puedo hablar pues es de mis percepciones, de mis sensaciones, de lo que sus poemas me han transmitido a mí. Sólo de eso y “nada” más que de eso.

 

No es nada, este extenso poemario de alrededor de 200 poesías, lo he sentido en primer lugar como un producto de un proceso tan básica y fisiológicamente humano como es el de la respiración. En él he encontrado espiración, es decir, expulsión de dentro a fuera, e inspiración, introducción, absorción, de fuera a dentro: espiración – inspiración. Y también, y en segundo lugar, he experimentado cadencia, movimiento, sonido, ritmo, sístole y diástole acompasados, equilibrados, sin estridencias pero contundentes. Lo que me hace suponer que se si Kepa Murua escribe poesía lo hace desde los supuestos más elementales y la necesidad más radical, es decir, la necesidad de la simple y llana supervivencia. Ritmo cardiaco, tiempo respiratorio y calidad reflexiva se conjugan solidariamente conformando poemas de gran plasticidad emocional y profundidad de pensamiento. Estos efectos toman consistencia principalmente por la manera como se  trata la dimensión fónica y formal de los poemas. En ellos subyace una idea muy nítida de la musicalidad apoyada en recursos físicos (acentos, aliteraciones, repeticiones…), matemáticos (cómputo silábico…) e incluso espaciales (distribución versal, encabalgamientos, esticomitia…). El resultado es una poesía vibrante, poderosa, sonora y con alternancia de tonalidades: tonos altos, tonos bajos, melodías que golpean o que se deslizan con suavidad, etc. Repárese, por ejemplo, en los siguientes versos y en su abundancia de consonantes fricativas sordas (“s”) oclusivas sonoras (“d”, “b”)  y nasales sonoras (“m”, “n”) connotando silencio, sucesión, serenidad…

 

“Soledad que pasa llorando

sumisión que niega las horas.

Sabiduría que se desnuda

en túnicas bordadas a mano

donde la extrañeza del mundo

extiende su lloro más amargo” (Murua, p. 158)

 

 

Sus poemas, aunque nunca “nada es lo que parece”, son, igualmente, el resultado de una mirada introspectiva a través de la cual el poeta nos trasmite sus experiencias internas (incluso autorretratos) en torno a su encuentro con el mundo. Y,  por otra parte, no pocas composiciones surgen también de un agudo proceso de observación de lo que le rodea, de indagación detenida en su entorno más cercano y cotidiano. De ahí que en base a la alternancia de pronombres: “yo”, “nosotros”, “vosotros”, “tú” ( que en ocasiones es un yo desdoblado, en otras un  interlocutor dentro del mismo poema, en otras la amada o el amigo…), etc. se vaya construyendo un tejido polifónico de voces que abarca a todos, “aunque parezca que no hay nadie”, dotando al poemario de un potente sonido estereofónico que envuelve al lector invitándole a mirar y a mirarse a partir de angulaciones diversas, de posiciones diferentes. Porque, como nos dice el propio poeta:

 

“Sólo lo que se mira

de modo diferente

alcanza su plenitud

en las cosas que están cerca.” (Murua, p. 74)

 

Dentro de este juego polifónico destacan, por mencionar únicamente dos rasgos, los enunciados interrogantes y las apelaciones o llamadas directas al lector buscando su presencia, pretendiendo su complicidad y en ocasiones incluso hasta su aliento. En efecto, algunos poemas son una verdadera cascada de interrogaciones, de preguntas que no esperan respuesta pero que espolean e impactan con fuerza en el lector. Como ejemplo del primer caso tenemos poemas dirigidos directa y descarnadamente a un interlocutor perfectamente marcado y presente en el texto:

 

“¿Te has inyectado alguna vez

un mar de esperma?

¿Te has bebido alguna vez

una noche de cristal?

¿Te has vestido alguna vez

un traje de dinamita?

[…] (Murua, p. 48)

 

 

O en otro poema, “El poder del silencio”, en el que se hace una interpelación en tono exigente y crítico:

 

“¿Cuándo os daréis cuenta de que habéis dado voz

a los que no tienen nada en sus cabezas

y concedido silencio –el silencio más absoluto,

el que marca el desprecio- a los que teniéndola

dudaban de la potencia de su eco?” (Murua, p. 206)

 

 

La complicidad, la cercanía se expresa a través de llamadas que toman las formas de verbos imperativos o de pronombres de segunda persona:

 

“Mirad mis ojos negros

que me nombran la mañana

cuando camino sin esperanza.

Mirad mis labios ciegos

que me llaman a mediodía

para posar mis dedos

como sed infinita

incapaz de apagar el fuego.” (Murua, p. 76)

 

 

“Te diré lo que es un día perdido.

Pensar en el sol cuando llueve.

En el calor cuando hace frío

En el vació cuando no eres nadie.

 

Te diré lo que es un día extraño.

Reprimir una lágrima con fuerza.

Pegar una bofetada al aire.

Escuchar de tu boca un grito.” (Murua, p. 46)

 

Kepa entabla un diálogo constante con el “otro” desde dos situaciones diferentes pero bien complementadas: una, de soledad, de aislamiento catártico que conlleva una profundización en las interioridades de su yo; otra, de comunión, de intensa comunicación con el prójimo, con el próximo. Ambas vertientes justifican la acción creativa y poética. Nos encontramos, pues, con un yo lírico que adquiere múltiples funciones: un yo que interroga, que interpela, que exclama, que reflexiona…

 

Desde un punto de vista semántico, la nada, metáfora nuclear del libro, “leitmotiv” y elemento integrador del conjunto de los poemas, presenta distintos niveles de sentido, un universo de connotaciones que amplían las posibilidades de significación.  El lector puede interpretar el constructo “NADA” como: desnudez, vacío, pérdida, ausencia, olvido, rutina… Pero, sobre todo, al menos desde mi lectura, como origen, lugar o fuente a partir del cual se despliega la imaginación y la ensoñación poéticas, casa onírica desde la que el hombre puede construir, hacer y deshacerse porque “… siendo nada / todos nos podemos convertir en todo”. El poeta nos invita de esta manera a viajar hacia lo esencial – “Déjalo todo como si nada”- y a abrir las puertas de la percepción para proyectarnos hacia  otros tipos de conciencia alejados del que ofrece la limitada visión de la cotidianeidad y racionalidad. La nada como consuelo, como bálsamo, como principio que relativiza el dolor y los avatares a los que la existencia nos somete, también constituye otra de las vetas interpretativas del poemario.

 

El lenguaje poético deviene en instrumento mágico para adentrarnos en lo desconocido, en el “Silencio de las cosas” (como titula uno de los poemas), en la experiencia del vacío o de la nada que permite la más intensa apertura del ser. La voz poética ha osado escuchar ese vacío, esa nada, esa  ausencia para desvelarnos otras posibilidades expresadas en la libertad que le depara el verso

 

“Y cuando se es nada hay algo

Y si hay algo aparece el vacío.

Y llega el vacío cuando se es libre” (Murua, p. 62)

 

Kepa Murua indaga la dimensión de lo ausente que habita en todos nosotros y nos permite el vaciamiento y la apertura de sí porque entiende la labor poética como algo más que un ejercicio estético, como un vehículo transmisor de pensamiento y vivencias alternativas. Con un lenguaje rico en imágenes, en metáforas, en sinestesias, en definitiva en múltiples recursos concernientes al nivel semántico del discurso, nos proporciona una nueva definición del mundo en el que “el cielo es mirar la nada con los ojos cerrados”, “un grito es una caricia/en alguna parte extraviada”, “el dolor es un antídoto del vacío” “y la luz es la empuñadura/ de un lápiz oscuro”; un lenguaje en fin que lanza al lector al descubrimiento de lo intangible. Lo perceptivo, sensitivo e intelectual se amalgaman produciendo efectos fuertemente emotivos. Se asocian distintos elementos que provienen de los sentidos con distintas experiencias internas (emociones). Al contrario que la anestesia (sin sensación), el lenguaje “sinestésico” produce una explosión de nuevas y vírgenes sensaciones.

 

Se trata, pues, de una poesía en la que se conjugan de forma armónica y muy efectiva emoción, sensaciones  y pensamiento. La emoción, el sentimiento, son maneras de abrirse a la comprensión y la comprensión deviene en ocasiones de una emoción que golpea nuestro interior por todos sus recovecos produciéndonos una conmoción que nos proyecta hacia sensaciones distintas.

 

Por otra parte, aunque el conjunto de sus poemas discurre bajo una tonalidad marcadamente dramática, se tocan varios temas y no siempre desde el desamparo.  Temas como la soledad (“fábrica donde nadie trabaja”), el amor, el tiempo (muchas veces unido a las experiencias del recuerdo y el olvido), la tristeza, la alegría,  el miedo, el erotismo, la esperanza, el consuelo, la palabra y sus límites, la muerte, la amistad, la pérdida… Pero la singularidad de su poesía no está tanto en los temas – como no lo está en casi ningún poeta – sino más bien en el lenguaje, en el discurso, en la originalidad a la hora hilvanar palabras y de relacionar conceptos que conmueven las entrañas del lector ofreciéndole una corriente de imágenes genuinas.

 

Entre todos estos temas mencionados, uno de los que con más insistencia se aborda es precisamente el tiempo, el tiempo en sus diferentes matices o vivencias y procesos internos que genera (olvido, reminiscencia, nostalgia, cambio, inestabilidad, recreación del pasado…), un tiempo como dice el poeta “… donde la verdad envejece / y la mentira nos salva … y un tiempo que es un calendario / que lleva la memoria a un lugar / donde nada es lo que parece”.

 

El poeta, en su madurez, toma conciencia de las transformaciones y pérdidas que el transcurso del tiempo conlleva, toma conciencia de sus distorsiones, de su inasibilidad, transmitiéndonos en sus poemas las múltiples sensaciones propias de esta autoconciencia que tiene que ver con la fragilidad y provisionalidad de toda existencia: ser, nada y tiempo conjugándose irremediablemente como sustancia de lo humano y raíz de vulnerabilidad. De aquí que el título de la obra, “No es nada”, se diluya y casi desvanezca en la portada del libro. Todos estos aspectos conducen a que en muchos de sus poemas se produzca un deslizamiento, por otra parte bastante habitual en otras obras del autor, hacia el pensamiento, hacia lo filosófico. El tono filosófico del poemario es claro y ello no nos debe extrañar porque, como apunta Agustín Basave, “La filosofía y la poesía cumplen una función humana igualmente liberadora: la sospecha de que el universo no se limita a ser lo que es. No hay por qué oponer −aunque las hayan opuesto− la filosofía a la poesía, porque en rigor no estamos ante actitudes antitéticas, sino complementarias y convergentes. Filosofía y poesía son dos actitudes igualmente legítimas, sin tener que condenar la filosofía a la poesía o la poesía a la filosofía”[2].

Y el tiempo, ese tiempo que nos traspasa y del que estamos hechos, que es fisura y esencia humanas al unísono, se recrea y desarrolla poéticamente desde distintas ópticas. Es un tiempo que a veces deviene en nostalgia (del griego nostos, “regreso y algos, “dolor”, es decir, en dolor por el regreso:

 

 

“El mar de la nostalgia

la esperanza oculta

y el tacto que te sostiene

después de todo.” (Murua, p. 98)

 

O en sensación de cambio:

 

“Como el mundo que cambia a todas horas

nada que temer, nada que reprocharnos,

nada que decir, nada que ocultar.

[…]

Nada que temer a lo que nos espera,

nada que ver con lo de antes.” (Murua, pp. 51-52)

 

O en necesidad de olvido:

 

“Soy el hombre que se olvida de todo.

He vuelto a casa y nada recuerdo.” (Murua, p. 50)

 

“El recuerdo de una vida

es lo más bello cuando se muere.

Para vivir es necesario saber olvidar.” (Murua, p. 59)

 

 

O en premonición, o en reminiscencia catártica…

 

En definitiva, estamos ante un libro maduro fruto de las transformaciones a las que nos somete el tiempo, nacido de un ejercicio de introspección profunda que conduce al poeta a preguntarse por las cuestiones más esenciales de la vida que, como tales, nos conciernen a todos. Y en efecto, ha pasado el tiempo, ha  pasado para todos.  Y si bien el tiempo nos puede producir dolor y acercarnos a la nada, la rememoración también supone una re-elaboración  y encuentro identificatorio con nosotros mismos que nos proyecta hacia el futuro y da pie a la esperanza. El poema con el que finaliza el libro, titulado con el adverbio “todavía”, transmite claramente la idea de un futuro por hacer y por vivir.

 

 

“Todavía hay cosas que no entiendo.

Todavía hay cosas dentro de mí

que no son mías.

Todavía cosas que me vienen de fuera

y no me pertenecen.

Todavía hay algunos todavías

que me hacen sentir perdido.

[…]

Palabras a las que persigo desnudo.

Pasos en torno a un destino

que todavía no comprendo.

Cuerpos que se aproximan a mí

todavía.” (Murua, p. 248)

 

El libro representa, en cierto sentido, una especie de encrucijada temporal en la que se observa que, (parafraseando a Unamuno), Kepa está dejando de ser “hijo de su pasado para convertirse en padre de su futuro”.

Gracias Kepa por seguir escribiendo poesía.

 

Iñaki Beti Sáez (Universidad de Deusto)

+info


[1] Kepa Murua: No es nada, Calambur, Madrid, 2008.

[2] Basave, Agustín, “Interacciones y proyecciones de la filosofía y la poesía”, en ¿Qué es la poesía? Introducción filosófica a la poética, México, FCE, 2002, p. 325

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