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Luke, diciembre 2009.

Cuando hace años caminaba de joven por el campo, sentía una compleja sensación de vacío y extrañeza cuando encontraba en un camino un objeto sin dueño. La lata de Coca-Cola oxidada o el paquete de tabaco comido por el sol me sumían en un anonadamiento brusco. ¿De quién serían? ¿Cómo habrían llegado hasta allí? ¿Qué significaban?

Al contemplar las fotografías de José María Álvarez Fernández para Faber, la nueva entrega de la trilogía elaborada por él y Kepa Murua, he recordado aquellos hallazgos. Como entonces, ahora Álvarez retrata las huellas del hombre en la naturaleza fijándose en esos objetos o ingenios que dispersamos en mitad de la nada con un sentido u otro. El puente roto que cruza un arroyo, las huellas de un vehículo en la nieve, una mancha de pintura sobre una piedra, las ruinas de un edificio abandonado son los motivos que Álvarez fotógrafo retrata para que Kepa Murua poeta piense en alto para goce de los lectores.

Dicen los autores en la introducción que ambos saben que trabajan sobre la metáfora de la soledad. Puede ser. La soledad del paisaje brumoso en Itxina. La soledad del acantilado desierto en Flysch. Y ahora la soledad de la presencia olvidada, de la huella inerte, del sentido caduco cuando se contempla algo que fue y ya no es. Quizá por eso la voz de Murua ha cambiado desde la primera entrega. Ahora me suena sencilla, elemental (alguien diría zen), sin retórica aparente ni solemnidad. Me suena a poeta que sabe de lo que habla por haberlo sentido.

Disfruto de Faber sentado en el sofá, bajo luz indirecta y Jelly Roll Morton de fondo. Una pianola tocando rag-time hace ochenta años es también una forma de soledad. La soledad del hombre camino del olvido. ¿Quién fue Jelly Roll Morton? Era alegre, fanfarrón, pero quién se acuerda de él. Vuelvo al libro. ¿Quién abandonó esa lápida precisamente ahí? Y antes de él, ¿quién la colocó en una casa? ¿Y de quién fue esa casa?

P.T.

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Pedro Tellería

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