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Luke, noviembre 2006.

En el principio era la palabra… (Juan, 1: 1-3).

Cantos del dios oscuro es el último poemario del autor guipuzcoano Kepa Murua, un libro que inaugura la colección Cuarto menor de la editorial almeriense El Gaviero Ediciones. Ochenta y dos poemas que reflexionan en seis capítulos sobre un universo nocturno de trascendencia, de espacio y de fragilidad humana.

Kepa no, pero su poemario es cualquier cosa menos agnóstico. Es una reflexión que está más allá del animismo y que sale al encuentro de una espiritualidad a veces telúrica, a veces onírica. Si somos hijos de un dios borracho, entonces no hay duda de que dios existe, o de que existió, o de que está anciano y borracho, y eso, al menos, lo explicaría todo. Porque en el fondo eso es lo que busca la obra de arte, respuestas, respuestas acerca de nuestra propia humanidad, sobre la paradoja de un mundo a nuestra medida o de un ser a medida del mundo. El artista indaga por agotamiento, busca nuevas coordenadas porque está cansado de un universo estático al que no encuentra una explicación. El poeta es un científico que exige la racionalidad de lo empírico, lo que tiene explicación al menos es soportable, pero lo ilógico o lo incomprensible ha de ser afrontado desde distintos prismas, la indagación a través de la espiritualidad es un camino doloroso pero útil para este fin. Los poemas de Cantos del dios oscuro buscan un porqué, el porqué de la cosas. No hay duda del desorden: llueve como una oración encerrada en la mano, pero a veces hay una mecánica lógica de las imágenes, entonces torpedea Kepa imágenes sutilmente conexas con cierta argucia de director de cine, flashes que conectan nuestra percepción con la realidad. Algún crítico muy sabio hablaría de la tercera vía. Yo no.

El animal oscuro es el cielo negro, desconocido: un animal oscuro, el cielo, ese es el primer verso, cuanto antes se diga mejor. Un dios al que no se nombra por su nombre (o sí).  Nada es casual en el universo dijo Einstein, como no lo es que la palabra “nombre” aparezca quince veces en el libro, quince nombres, Todos los nombres es el título de la novela de Saramago, y Los nombres de Cristo el título de la obra de fray Luis. Salvando las distancias temporales, Kepa termina sus poemas en el mismo punto que fray Luis, en el deseo no alcanzado, en la búsqueda, en la exclamación, muy lejos del éxtasis o del orgasmo de Juan de la Cruz. Poesía y palabras para ascender inútilmente robad el alma de mi cuerpo y arrojadla a los perros.

Todo se resume en el miedo a lo desconocido, a lo incierto, a la muerte, a lo negro, a lo oscuro, a lo obscuro, a la ausencia de respuesta, esa es la primera molécula, el big-bang: y la nada vive en mi pecho con aquello que no es cierto. La incertidumbre se apodera del hombre y aunque la luz te cubre de voces. Los ángeles te observan, ven cómo caes. Y tú nada sabes. El hombre está ciego o no puede ver, o tal vez nunca hubo nada: la verdad en el silencio de la mano. La verdad que grita donde no hay nada, o cuando dice Nadie te llamará el día de mañana. Ninguna voz preguntará por ti.

Es entonces cuando el hombre supera la metáfora de dios ahuyentado el animal oscuro, así el hombre se encuentra solo y el jardín es una granja vacía de cadáveres, los postigos cerrados. Pero no podía ser de otra manera y el poeta deja abierta una falsa salida, una puerta a la esperanza, porque de alguna manera el hombre intuye que algo lo separa de la tierra (o lo une), entre sus pies descalzos y el suelo hay ángeles de cabeza blanca. Con lo cual el poeta vuelve a estar donde el principio, la paradoja se repite continuamente como un círculo perfecto. El hombre es y no es, la eterna cuestión shakesperiana.

El vocabulario religioso no hace sino dejar más de manifiesto lo evidente, la semántica no miente: salmo, prodigo, verbo, etc.

La fragilidad del hombre es un reproche a dios, caso de que exista, caso de que haya visto el hombre desnudo, el niño en brazos por el vientre hinchado. EL enfado del hombre se cristaliza en algunos versos: es la acrobacia de amparar a alguien que no te escucha, versos que se debaten sobre el dilema de lo posible y lo imposible, la nada convertida en promesa, la torpeza del polvo y de la carne, la certeza de que para ser más humanos intentamos ser un poco más divinos.

Por otro lado, no me gustaría dejar sin recordar la adición que producen los primeros versos de los poemas, sobre los que, a mi entender se construyen a menudo los poemas, pequeñas y redondas revelaciones: la firma dicen los ángeles es el comienzo de una duda interminable.

Sosegadamente, sin darnos cuenta hay una clara intención de equiparación dios-noche, y de la misma manera que en Juan de la Cruz leíamos con sorpresa esa supuesta sexualidad latente en la religiosidad, de la misma manera en la no-religiosidad de Kepa hay también una vuelta a ese territorio sensible la noche, ese pájaro que te nombra y te perdona. Ese miembro obsceno.

Pero ¿y si todo se resume en que, como dice el poeta, En la nada el tiempo es la persona. La trama el verbo… polvo eres y en canto te convertirás? El libro concluye con  un revelador dejad que me abandone.

Juan Pardo Vidal.

JUAN PARDO VIDAL

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