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El País, enero 2006.

Alfredo Fermín Cemillán, pintor, y Kepa Murua, poeta, han dado a la imprenta a cuatro manos el volumen Poemas del Caminante, editado por Bassarai con la ayuda del Ayuntamiento de Vitoria en una fórmula editorial que cada vez es más frecuente. En una cuidada edición, el libro ofrece poemas ilustrados en tono pastel.

La ciudad posee su observador, que la contempla en la modernidad: se trata del paseante o el viandante, el flâneur de Baudelaire. El poeta en este caso ha preferido una figura distinta, “el caminante”, alegoría que se une al camino a la ruralidad. El caminante que llega a la ciudad, en este caso Vitoria, nombrada en más de una ocasión en el libro, muestra la curiosidad ante una situación distinta a su actividad.

A Murua le gusta mantener una voz poética que se crece en la extrañeza. Mira, ve y muestra lo extraño, esa otra vida interior de las cosas. En este libro la expresión poética es más clara, una voz que se acerca a veces a la expresión popular, que se sirve del paralelismo (creación literaria en la que se basa la poesía tradicional) y de las frases acumulativas. Pero en esta poesía quedan algunas características de la obra anterior: un regusto por cambiar del plano de la descripción al plano de la experiencia interna, de la visión exterior a la interior, que crea un desequilibrio en la percepción.

La mirada extraña y extrañada del caminante, que se sitúa a la vez dentro y fuera de la ciudad, es circular y en su movimiento se preocupa de las distintas formas de la urbe y de lo que esconde: miedo, misterio, ternura, amor, visión, observación.

Jon Kortazar

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