Etiquetas

, , ,

Luke, diciembre 2006.

Kepa Murua mira en ocasiones las montañas que se pierden tras las nubes del cielo, y otras deja vagar sus ojos por las calles y plazas de una ciudad cualquiera. Pero también hay veces en que Kepa Murua baña sus pies a la orilla del mar. Quizá para preguntar a las olas por su ir y venir. O tal vez para dialogar con las rocas sobre su rara condición.

La rara condición de las rocas reside en su parecido con el hombre. Un hombre es memoria arrojada al tiempo. Una roca es recuerdo de tiempos oscuros que esconden una pregunta.

Hombre y roca también se distinguen. El hombre camina, la roca está quieta. El hombre habla; la roca, no. Pero a veces el hombre detiene sus pasos y mira a la roca para decirle: “Yo también me desgasto”. Y entonces la roca piensa: “Yo, como tú, guardo en mi seno el secreto que nos define”.

El mar ha atraído a los poetas desde siempre. El mar no es ni roca ni hombre, es agua venciendo al tiempo. El mar viene y va, se aleja como regresa. Por eso un hombre sentado sobre una roca comprende que sus sueños son poca cosa frente a la espuma que baña sus pies.

El mar y la roca se dan la mano en un lugar privilegiado de la costa vasca. Entre los pueblos guipuzcoanos de Deba y Zumaya se yergue una maravilla natural. Un mar profundo y extenso cubría esas rasas y acantilados hace tanto tiempo que la cifra no nos cabe en la cabeza: entre 50 y 160 millones de años. La geología –que es una ciencia fantástica– ha descubierto que las paredes que hoy día vemos son en realidad un fondo marino formado por los secretos de la roca: barros de río, conchas y restos de animales marinos.

Pero ese fondo emergió de las aguas por la acción de fuerzas cuyas paciencia y lentitud, de nuevo, no caben en nuestra cabeza. El sentido común invirtió sus cálculos, y lo que estaba debajo surgió de las aguas y se puso encima. Geólogos de atentos ojos han visto iridio en esos sedimentos. Y fósiles de bivalvos y ammonites.

La costa entre Deba y Zumaya demuestra que la roca encierra secretos que sólo un poeta puede entender. El arte no explica la vida, sino que la observa y extrae de su experiencia lecturas complementarias. Arriba lo que abajo estuvo. A la vista lo que se escondió.

El lector tiene entre sus manos este libro. Es La orilla devuelta, donde puede admirar las fotografías del también escultor José María Álvarez Fernández. Además, el lector puede cerrar los ojos y dejar que le lean, como un susurro al oído, los textos que Kepa Murua escribió mientras recorría –y miraba– esa costa. Ambos artistas ya colaboraron en Itxina. Entonces le tocó el turno al paisaje kárstico del macizo del Gorbea como ahora al flysch costero de Guipúzcoa.

¿Cuántos hombres se habrán sentado en la roca de una playa para mirar al horizonte? ¿Y cuántas veces el mar habrá escuchado idénticas preguntas? Este libro encierra en sus páginas un círculo y una paradoja. Y el mar –que siempre continúa– tiene la última palabra.

Pedro Tellería.

+ info

Anuncios