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Luke nº 44, octubre 2004.

Las manos en alto de Kepa Murua es un intenso libro de poemas tocado por el pensamiento y la reflexión del individuo ante lo que le rodea. A través de un viaje interior donde las manos cobran protagonismo, el poeta se descubre ante la vida y profundiza ante los avatares de la existencia.

El detalle de las manos, su fisonomía, su gesto, permite al poeta dibujar un complejo mundo de sentimientos en torno al cuerpo. Pero, como esas manos que abrazan, sujetan los objetos, o escriben, la metáfora de la lectura de las líneas de la vida se asoma en este libro con una carga simbólica acertada.

 

A modo de introducción el libro comienza con las manos que gesticulan ante la sorpresa de la existencia, hasta que se encuentran con el hombre. Estos poemas son Las manos en el pecho, La mano alma, La mano hombre y La mano nada. En otros como La mano animal afloran las dudas sobre el amor y el deseo.

 

Tras este preámbulo, el poeta se remite a distintas experiencias del hombre. El exilio, la guerra, la inconsistencia del mundo y la indefensión del individuo en un poema acertado como es El fondo del espejo, coinciden con reflexiones sobre el paso del tiempo o la evocación de la memoria que intentan descifrar el enigma de la vida.

 

Frente a la vida, otra vez la evocación de las manos en poemas intensos como Manos insaciables o Las manos en alto, con el fin de sostener la realidad frente a una poética que busca la esencia del pensamiento del hombre, que como nos dice el poeta, “sin él no se puede hacer nada”.

 

Se intuye que Kepa Murua habla del mundo, pero acierta de lleno cuando en vez de recurrir a una voz de corte reivindicativo, profundiza en un intimismo personal que se transforma en un todo que el lector interpreta con su mirada.

 

El intimismo se refleja en poemas como Sabe el amor o Manos marchitas, que ubicados entre palabras que hablan de la arrogancia del poder o el dolor cuando nos enfrentamos a la violencia del mundo, sorprenden por su fuerza expresiva.

 

Con esta manera de ordenar el libro el poeta se pregunta sobre lo que no sabemos explicar, como el destino que nos enfrenta a El secreto del mundo, uno de esos poemas que aparentemente oscuro se abre al significado del hombre ante su insignificancia.

 

Porque el paisaje del libro es el hombre, tal como se nos dice en Las manos que piden silencio: “las manos sirven para escribir un poema, poner bombas, matar a un hombre o salvar a un inocente”.  Entre medio, se habla de la ciudad, de la generación del poeta, o del país, en un maravilloso poema titulado El país tarde, que dará qué hablar.

 

El poeta, ante la dificultad de encontrar respuestas contundentes, muestra su propia incertidumbre, pero por si acaso escribe A ti que estás solo y La ventana mano, excelentes composiciones de corte reflexivo que llaman al lector, al amigo, al desconocido, para que con calma, con ternura y esperanza, comprenda la existencia de la vida.

 

Esperanza y ternura son palabras que definen este recorrido vital que se cierra con una confesión del autor y una dedicatoria, a modo de colofón, que rompe con la desnudez acostumbrada de sus libros, que como se sabe no contienen citas ni otras referencias biográficas con el pretexto de no desviar la concentración que nos exige en su lectura.

 

Parece además que su voz se aclara con una poesía más transparente que en sus anteriores libros. La repetición del algunos motivos, especialmente el de las manos, nos sujetan, sin pérdida posible, a un viaje plástico por la memoria con todo su color e intensidad. Libro atractivo en su composición, destaca por su apuesta poética y su voz única al tratar a la palabra como un reflejo del conocimiento del hombre por lo que acontece en el mundo.

J.L.

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