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Hace gracia que la ciudadanía se queje de las promesas incumplidas de la clase política. Si con la mayoría de edad se comprende que la vida se mide mediante códigos de conducta que se renuevan continuamente, con la experiencia uno constata que cada cierto tiempo se repiten formas y argumentos que quedan en palabras que son arrastradas por el viento al olvido más recóndito.

Pongamos ejemplos para no volvernos locos. ¿Alguien se acuerda de aquel político que predijo la independencia de Euskadi para el 2002? ¿Y de aquel otro que dijo que en pocos años el país se recuperaría de la crisis con sus reivindicaciones salariales consolidadas? ¿Se recuerda por el contrario a quien dijo que todo seguiría igual en un paisaje que, por lo demás, cambia continuamente con rostros y caras que lamentablemente repiten lo que machaconamente dijeron sin pensarlo también otros?

Por recordar mi querido lector, ¿te acuerdas de quien nos prometió la erradicación de la violencia en pocos años? ¿O de aquel otro que afirmó que no iba a pactar con ningún otro? Por promesas incumplidas, ¿alguno puede decirme el nombre de quien habló de progreso y trajo aburrimiento a destajo? A uno que se va haciendo mayor, porque así como recuerda lo olvida todo, le parecen nada más que buenas intenciones.

Olvidar es sano. La memoria sirve para tantas cosas, pero si no queremos volvernos majaras al ser conscientes que continuamente se nos toma el pelo, olvidar, como digo, es un antídoto para tanta miseria que nos retrata en las promesas incumplidas. Las buenas intenciones son como palmaditas en la espalda. Algo así como decirte que guapo eres, sabiendo y deseando además que sigas así de feo por muchos años.

Y tú, mi querido lector. ¿Cuántas veces has prometido cosas que luego no has cumplido? ¿Recuerdas aquello que prometiste a tu hijo por quitártelo de en medio? ¿Y lo que confesaste a tu mujer porque te dejara en paz? Y tú, mi querida lectora, ¿cuántas promesas has incumplido con el paso del tiempo? ¿Recuerdas cuando decías amor y pensabas en sexo?

Nos pasa a todos. Para incumplirlas hasta el fondo están las promesas íntimas que nos hacemos delante del espejo. Ser mejores con el prójimo, ser más listos y respetuosos, dejar de fumar o de beber, abandonar esas costumbres que nos retratan como a mezquinos. Intentar aprender algo nuevo, volver a enamorarnos, ser más naturales, viajar un poco, leer ese libro que nos han recomendado, promesas que se congelan en el tiempo como la memoria que se pierde.

Que ahora muestres tu enfado por lo que escuchas de la clase política con elucubraciones sobre la responsabilidad de lo que dicen y se desdicen, no nos hace mejores que ellos. Las promesas mi querido amigo están, por lo que se ve, para incumplirlas.

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