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Hace años viví en otro país acompañado de algunos emigrantes que como yo buscaban en otro lugar lo que por derecho les correspondía en el suyo, pero que éste no era capaz de ofrecérselo con garantías. Una gran lección de vida que me hizo madurar rápido. Por un lado los derechos que nos asistían, la teoría, y por otro la práctica, la realidad más cruda. No había trabajo para todos, sólo los listos de la clase lo obtenían no se sabe cómo, y me lancé a la aventura. Pero en el mundo de la emigración también hay clases. Yo por suerte o por desgracia tenía cierto nivel cultural que me presentaba de otra manera a los ojos de los nativos del país. Los desprecios llegaban un poco más tarde que a los otros, pero llegaron. Magnífica experiencia que nunca olvidaré si pretendo ser un hombre atento a lo que pase.

En aquellos años maduré una soledad radical y una austeridad que hoy me acompañan. Recuerdo amistades que es como decir buenos momentos, paseos que me llevaron a asentar mi escritura, deseos que no tuvieron fruto porque en el fondo se nos marginaba, temores que fueron olvidándose por la necesidad inevitable de parecer fuerte. Recuerdo estas fechas con el frigorífico vacío y el teléfono que nunca sonaba. El orgullo mal digerido de no llamar para quejarse porque también otros tenían sus problemas. En aquel momento hubiera dado cualquier cosa porque me invitaran a cenar, aunque como pobre me quisieran a su mesa. Cualquier cosa porque me llamaran para contarme cualquier tontería, aunque se equivocaran de número o de nombre. Hubiera tragado con cualquier conversación. La familia lejos, los amigos dispersos, como yo buscándose la vida, una ciudad que oscurecía hacía las tres del mediodía, un frío del norte, una habitación que se me venía encima. La soledad que me abrió su corazón y su puerta. Con los años he reconocido aquella experiencia en algunos poemas que escribí y gustan a los lectores, quizá por su verdad, quizá por su tristeza. Son El frigorífico vacío y El vecino que llora.

Cuando la soledad llora su desencanto, el hambre en el estómago finalmente no importa tanto. Lo que duele de verdad es imaginar la felicidad en tantas habitaciones y salones de las casas, sospechando que la soledad no es momentánea. Por eso escribí aquellos poemas, porque la soledad a todos nos asalta y porque en estas fechas todos tenemos algún vecino que llora, aunque no lo podamos ver por entre los tabiques de la casa. Inevitable experiencia en un país que ahora acoge a tanto solitario en una lengua extraña. Interminable hambre que se cura mirándose a las entrañas de nuestra historia más cercana, precisamente en estas fechas en el que muchos están solos. Ahora que ha pasado, si pretendo ser un hombre que no olvide.

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