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Revista Zurgai, Julio de 2002.

El último poemario de Kepa Murua –que cierra la trilogía compuesta por Cavando la tierra con tus sueños y Siempre conté diez y nunca apareciste– es una voz que mira, con los ojos del yo y el tú, hacia la intimidad –la emoción pensada- y la realidad exterior –la ciudad, ello, la no persona- simultáneamente, en síntesis poética de ética y política que podríamos denominar, por lo que tiene además de multiplicidad y polisemia, poliética.

En efecto, Cardiolemas funde la disyuntiva dualidad unamuniana –cardiaca y lógica- en la expresión del sentimiento pensado y el pensamiento sentido –el/lo sentido-, como lo confirma la creación léxica que da título al libro, a partir de la raíz fisiológica del ser –cardio– y la lógica del pensar humano –lema-, que se diría sufijo de “estilema” en un autor que titula Semántica uno de sus primeros fragmentos. Sentencias del corazón, en una palabra, que lo son de sabiduría lapidaria y de condena a muerte al mismo tiempo.

Compuesto de cinco partes,  Cardiolemas constituye un breve e intenso “Pentateuco” de los días sin dios –“dios del cielo”- próximo al desgarro existencial -¿Blas de Otero?-, con una iconografía religiosa –Letanías, Gárgola, Evangelio etc.- profanada por un non sancto varón, divinas palabras exprimidas para expresar el dolor de la culpa compartida.

Despreciado el cielo por el yo -“habrá una victoria para aquél/ que en la derrota crea, un cielo/ derramado e inexistente”-, el poeta se abre polifónico al tú –Ateridas voces a falta de testigos-, fijando con el punto de vista el tiempo –Una mirilla detiene el reloj-, para multiplicar la perspectiva de la mirada en torno a su objeto poético desde Ángulos de obsesivo homenaje –la ciudad/ella- antes de recrear la realidad mediante las palabras –De la voz brotan las calles– y poner en pie la ciudad del dolor, ciudadela del Hombre.

Un breve apéndice –Igual que se deshace-, dicho en términos orgánicos, constituye la etopeya autopoética del autor con sus motivos recurrentes –dísticos/aleluyas de Rezos-.

Tenso tratado de “mística urbana” –“donde nadie sabía”-, en palabras del autor, hecho de vacío y remordimiento, no en vano conformado por 66 poemas –prefijo de la Bestia-.

Oraciones –súplicas orales- de la sintaxis existencial violentada por encabalgamientos abruptos en el verso libre, rebelde, que se revela en imágenes visionarias –“los barrotes sueñan como pupilas/ que doman la sombra del suelo”- , nominales, asindéticas, las que pueblan las paraestrofas entre el descoyuntamiento del anacoluto poético y el hipérbaton de las prótasis condicionales, y las concordancias truncadas por la duermevela –Silueta-.

Y un yo masculino, que se transmuta en femenino –“tornaste mis caderas/ en vientre hinchado”-, y en plural –“nos avisamos: haremos del cuerpo el delito”- en virtud de un perspectivismo, fragmentario, múltiple, de descomposición vanguardista del presente –el no tiempo-, de la 3ª persona –la no persona-, del masculino genérico –el no género-, que se rehumaniza  con tintes expresionistas, donde la realidad física –en estado clínico- convive con la abstracción –en estado virtual- en pos de la poesía del conocimiento –así en Costilla– y bordeando la poesía del Silencio. Poesía en estado críptico, en definitiva, de un yo pecador irredento, poeta impenitente que reniega de la condición del humano perseguido por la violencia que no cesa –“érase una vez un mal/ vestido de dios/ en el ´limite abandonado”-, en libertad condicional, tras los derroteros de la victoria, con el adiós del Remite de una lápida –“aquí tenéis mi nombre, haced con él/ lo que queráis”-.

Un poemario, cuyo anticipo en forma de plaquette diera a conocer al autor hace ya 10 años –conté diez y por fin apareciste-, excavado en la aspereza de la desesperanza y que aporta las plaquetas que cicatrizan la incisión a corazón abierto de la vana vida urbana.

Luis Arturo Hernández

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