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Salgo de casa a una plaza con un árbol solitario, cruzo calles, una avenida y llego a la puerta principal. Hace poco tenía un libro en la mano. Entro, suena la bóveda de bombillas bajo la escalera, paso a la sala de exposiciones. Soy el dueño de un lujo al alcance de mi mano. Viendo un cuadro, recuerdo un artículo titulado Los otros. Qué cosas tiene el arte cuando une pensamientos sin ninguna relación aparente. Miro otro, hay una vela y un cráneo. Recuerdo otros nombres. Sé que sólo se vive una vez porque el tiempo corre más rápido que nuestra sombra. Al fondo veo un paisaje entre cristales rotos, es de un joven escultor desconocido. Recuerdo obras suyas: desnudos en un paisaje abierto, retratos de encapuchados ante instituciones. Tomo nota del arte que cuestiona la vida que llevamos cuando congela las ilusiones como instantes de la historia cercana. Y recuerdo el deseo de la gente por vivir en paz, por encontrar a alguien que les ame tal como son, por encontrar algo que dé sentido a su existencia. Entro en una sala, hay cuadros con manos, fotos y dibujos. Pertenecen a un artista que murió en la guerra. Y recuerdo los horrores de la historia lejana ante el poder ilusorio del arte. Salgo a la galería central, hay una escultura con un hombre en un difícil equilibrio. Pertenece a un escultor que murió de un ligero soplo como vuelan los pájaros que aparecen en este cuadro que tengo al lado. Pensamos que la vida nos defenderá de la muerte y aunque el arte intente lo contrario, no es así. Y al ver algo parecido al infierno en ese otro, recuerdo la diferencia de morir en un soplo de viento o hacerlo en medio de un torbellino de sangre. En cambio, la música del cielo se percibe en ese cuadro de colores blancos y signos extraños. Qué extraño el arte, parece que no dice nada, y sin querer, como que dice tanto. Y me veo saltando como un pájaro de rama en rama, de cuadro en cuadro, pensando en los ojos de la gente. Es lo que hace el pintor cuando los sitúa leyendo en sus cuadros. Y me acuerdo del libro que tenía entre manos como parte de ese viaje imaginario que es el arte. Qué cosas tiene este museo, que uno puede pasar una tarde soñando que la vida de afuera no es la que es y que la que se muestra en el interior es la que gobierna los sentimientos de la gente. Pero sigo y me detengo en un tronco como me paro ante un hombre. Me distancio de la figura porque quiero verla en su entorno. Y me acuerdo del mío, bello con el sonido de los pájaros, duro cuando abren la boca los hombres. Y el arte ¿para qué sirve?, me pregunto sin querer buscar una respuesta. Tampoco entiendo la vida como para interrogarme sobre cuestiones que no tienen una explicación sólida. Me relajo, pasean solitarios mis ojos. Arde la tarde.

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