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Si preguntáramos qué significa la palabra “Europa” y qué países configuran este continente teórico donde prevalece la gran cultura, más de uno se quedaría callado de inmediato, o en caso contrario, respondería con una tontería para salir al paso. En una encerrona ideológica de este calibre, alguno diría que es una península gigante a la que le envuelve el mar en el mapa mundi. Otro que es la repera que aún dependa de los americanos, que compraron el continente desde su colonización en la II Guerra Mundial, y algún lúcido trasnochado, que los judíos están detrás de todo, tal como lo hicieron desde la Gran Guerra. Muchos son, los mayores por ejemplo, a quienes no les importa la palabra en absoluto porque no se sienten cómodos compartiendo con otros europeos un espacio administrativo más allá de sus fronteras. Los jóvenes, en cambio, hablan de Europa con respeto. Europa es para ellos una doble nacionalidad que les permite viajar en una modernidad cultural por terrenos vastos y a la par cercanos. Pese a que Europa es una mezcla de lenguas y de gente, los jóvenes se sumergen con naturalidad en esta torre de babel que les enriquece a todas horas. Y esta realidad, en un conjunto de matices y rasgos diferenciados, supera al individualismo más radical o al nacionalismo más recalcitrante. Europa es la palabra conciliadora de la política con una visión histórica que supera las fricciones del pasado en un envoltorio común. Una cultura que impulsa un futuro prometedor donde la igualdad de oportunidades se confirma en las posibilidades de las naciones que unen sus esfuerzos en el siglo veintiuno. Si a menudo se mira a Europa como una tierra vieja y cargada de prejuicios, también se la siente como una manera de ser propia, que después de reflexionar sobre la interpretación de su mundo, asienta sus ideas en el mar del pensamiento moderno. Es su contradicción lo que prevalece frente a otros poderes reales: Europa es joven porque es nueva y es acogedora porque incluye a cualquier persona del continente como miembro de un espacio más amplio con todos sus rasgos contradictorios. Pese a los diferentes idiomas, pese las diferencias sociales y económicas, pese a las culturales, es el progreso que nos lleva al futuro porque también Europa aprende del pasado que nos hizo ignorantes. Europa no debe olvidar su historia más sangrante si quiere aspirar a una nueva vida. Y no en la tierra prometida, sino en el mismo eje de la historia. Cuestión que no debiera confundirse con promesas que se hacen para que pensemos en otras cosas y nos olvidemos de lo que somos finalmente. Un continente en los vientos del mundo. Pero ahora que las pulgas quedaron en el viejo carguero, navegamos cómodamente con el nuevo navío.

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