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Vuelvo a leer El niño-jazz, que lleva el alma de la música en la mirada de su protagonista, pero que no es de jazz sino de poesía. Y su autor, Mohammed Dib, es ese escritor argelino que plasmó el mundo del Mediterráneo y la cultura de su tierra en la música que se sostiene sobre el papel cuando la escritura se convierte en la partitura de los sentimientos más complejos. Los del alma humana que abarca los pasos que van desde el nacimiento hasta la muerte.

Y con su muerte, como pasa tantas veces, llegaron las preguntas para saber quién era ese destacado escritor del siglo xx, pero que, por avatares de esa vida que se convierte en poquita cosa si nos fijamos en el mundo del pensamiento, no se había publicado en España en condiciones, para mayor frustración de sus fieles lectores.

Ha pasado tiempo desde entonces, se ha editado a otros grandes poetas y novelistas, hemos leído a otros escritores de interés y hemos recibido críticas y algunos elogios por lo que hacemos, pero mi recuerdo está con El niño-jazz, un libro que es de poesía y tiene cosas de jazz y que no mereció una línea hasta que su autor murió un día de abril de repente.

Ahora que la presencia de lo invisible se decide en los oídos de los oyentes, quiera el jazz suceder a la poesía para contar con aquello que se vive en el alma. La poesía, como el jazz, teme al ruido ensordecedor, al grito violento. Necesita del silencio que desafía a las palabras para que se haga música. Teme a la vida que no se recupera una vez que se ha perdido la infancia.

La infancia de un niño que recorre las plantaciones de algodón de Mississippi y de Louisiana junto a los esclavos negros, que antes fueron mujeres y hombres sin cadenas, creando lo imprevisto: un espacio de pura poesía y libertad, haciéndose, improvisando, como el jazz, sin conformarse con palabras vanas a la altura de nuestros males.

Porque así como el mal viene ciego, mudo y sordo, la libertad tiene sus colores vivos en los ojos de ese niño que somos cuando nos sentimos libres escuchando una música que atrapa nuestros sentidos. Como si el jazz fuera, como nos dice Mohammed Dib, el alma de la poesía.

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