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Se piensa que las cosas irán mejor. Se confía en la historia pensando que la modernidad nos arropa con todas sus consecuencias. Nos vamos haciendo mayores y evitamos caer en la tentación de volver sobre nuestros pasos para vivir como vivíamos hace años. La historia que no tiene vuelta atrás exige una mejora en nuestros hábitos y modos de pensar. Pero se dan algunos tropiezos, más de los que podríamos aceptar, y no es ningún lamento sino la cruda realidad, constatar que vamos a menos y todavía no hemos tocado fondo.

El tiempo se adelanta, la frescura se pierde, la intimidad nos atosiga. La política que con sus errores no descansa, la falta de soluciones previsibles. Los mismos problemas sin ninguna salida inmediata. No tendríamos perdón si nuestros hijos hiciesen suyo nuestro drama. ¡Qué soberbia la nuestra que no reconoce sus errores y cae en la indiferencia con tal de sobrevivir en el desconcierto de una modernidad que se nos cae encima! Una época que nos debiera más razonables y solidarios, más flexibles y tolerantes, pero que sostiene su pose porque algunos se mantienen en sus trece sin grandes razones de por medio. Un purismo exacerbado donde el desprecio al prójimo no tiene parangón en una sociedad que pretende la convivencia de tantos que no pensamos por igual y que acepta la existencia de la diversidad con ánimo tolerante como una constante moderna.

¿Cuál es la medida de las cosas? ¿Nuestros usos y costumbres que cobran vida a nuestra imagen y semejanza? ¿Una política con unos personajes, los mismos de siempre, que se afanan en sus intereses, incapaces de renovar su lenguaje y atuendo, y que nos arrastran a un fondo sombrío sin pretenderlo? ¿Cuál la realidad más cruda? ¿Una violencia injustificable que se ampara en la política para que el ciudadano claudique ante el temor y el chantaje que prevalece en la muerte de las ideas y el pensamiento? Quizá hemos tocado fondo y la política no sea un arte para el gobierno sino una manera enfermiza de enfrentarnos con nuestros sentimientos. ¿Cuál la solución ante tanto desbarajuste y salvaje predicamento? ¿Eliminar la realidad de un plumazo, olvidar el pasado como razón histórica y pensar en el devenir de la historia como motor de una modernidad que nos toca vivir en nuestras entrañas?

No nos engañemos. La modernidad comienza en uno y la política en todos, pero en la política la modernidad respira con todo si la violencia es a todas luces injustificable. A las luces de la razón y del pensamiento. Que haya prevalecido en el pasado hambriento de los hombres que no quisieron intuir lo que se les venía encima cuando pensaban en sus propios intereses, no es un argumento para una historia moderna que sobresale entre los sentimientos, propios y ajenos.

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