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Territorios, El Correo, junio 2000.

“Hay un ojo que ve y otro que siente”, escribe Paul Klee en sus diarios, y acaso sea ésta la mejor introducción a Siempre conté diez y nunca apareciste, el cuarto poemario de Kepa Murua. Hay que decir que su mundo, en este poemario, es por el lado que siente, un mundo de humores sombríos, aquellos mismos que dieron lugar al vocablo “melancolía”. Y, sin embargo, el lado que ve no es insensible a la belleza impactante de las cosas fugaces: es mi intuición que justo en este conflicto se inaugura la apuesta emprendida por Murua. En el nivel formal, el de Zarautz es un poeta sobrio (renuncia a los títulos y favorece los formatos pequeños), más, no obstante, tampoco se achica ante la metáfora fugitiva. Por sus páginas pasamos la vista por un paisaje de calles, de ciudades, de cuerpos a veces añorados en silencio, a veces contemplados desde un recuerdo que nos distorsiona. Acaso porque, como afirma Murua: “Nadie reconoce en los libros de historia/ su historia. Nadie se atreve a decir/ así fuimos, no hace mucho tiempo./ Todos quieren olvidar, pero no se puede”. En cuanto al autor, nadie ignora que es el fundador de Bassarai, y lo que esto significa para nuestro mundo literario. Acaso, por eso mismo, sea mejor en su caso recurrir al tópico y sugerir que sobran las presentaciones. Que hable, mejor, el personaje de una de las novelas que ha editado: “Lo cierto es que la poesía no sirve para nada, pero ello es debido a la descomunal importancia de aquellas cosas para las que sirve la poesía”.

Iñigo García Ureta

Iñigo García Ureta.

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