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Quimera, Junio 2000.

Siempre conté diez y nunca apareciste, Calambur, Madrid, 2000.

Siempre conté diez y nunca apareciste contiene ochenta y ocho poemas, fragmentos de un mismo corpus poético que miran hacia el desencanto a través de la melancolía de la ciudad, el amor como salvación, la creación poética y la reflexión en torno a la soledad. El desencanto se muestra en todas sus facetas. El proyecto de un hombre que ya niega toda creencia, es decir, de un nihilista, alguien que creyó alguna vez: “En un lugar que la libertad dispone/ cualquier tipo de persecución,/ una noche nos delata./ Una noche que atraviesa la espera,/ con rastro de esos viejos amores/ maltratados en la distancia/ (…)” Nos vamos a ir encontrando las claves semánticas de estos versos a través de alusiones a la libertad, la cárcel, y la sangre, metáforas de un dolor que sólo es posible sublimar desde el poema. Kepa Murua lo hace a través de un ritmo sincopado que produce casi siempre inmediatez, porque la mayoría de los versos sitúan al lector en la propia disyuntiva del personaje poético: elegir el pasado o quedarse con el presente.

La intención del poeta ha sido construir un poemario móvil, es decir, tener una voz que reflejase fielmente lo que acontecía por su mirada y plasmara sus sentimientos mediante una poética que fuera más allá de lo personal. Por eso el sujeto poético mira hacia todos lados para dar cuenta de la devastación, ruinas de un tiempo cuyo correlato se ha puesto en el amor, pero en un amor que ya se fue: “Y mientes para olvidar lo que hiciste/ y sientes la necesidad de amar/ como un paso más e inocente”.

Este poemario se centra también en la situación de soledad personal del sujeto poético y está ambientado en una visión oscura y melancólica de la ciudad. Estamos ante un tópico literario que cada vez tiene más adeptos, la ciudad y su impronta emocional, que como se sabe tiene unos excelentes antecedentes en poetas tan distintos como García Lorca, Vallejo, Pessoa, Kavafis, Gil de Biedma o Angel González. Así, el poeta nos transmite la idea del ser anónimo que transita las calles de una ciudad, real o imaginaria, aquella de la que ya habló Walter Benjamin a propósito de Baudelaire.

Según el filósofo judío, cuando Baudelaire se dejó arrebatar trozo a trozo de su existencia burguesa, la calle para él cada vez fue más un lugar de asilo. Y era en el callejero consciente de la fragilidad de su existencia. El héroe se convierte en viajante de comercio, en un ser que transita por la ciudad y que desplazará al romántico, siempre figura central hasta entonces caracterizada por su renuncia y entrega. El héroe, pues, a principios de este siglo queda convertido en la voz de un sujeto poético que salió del anonimato de la masa sin dejar de ser parte de ella, lo que implicaba una reacción moral, y cómo no, ideológica. No hablamos de un héroe impostado, sino del trasunto de alguien que a través del poema deja oír su voz y experiencia.

Como he dicho antes, el personaje poético prefiere el nihilismo, aunque los ecos de la realidad no dejan de aparecer: “Hombres enfrentados al vacío/ de una ciudad sitiada”. Esa ciudad es la misma donde anduvo un hombre que es también todos los hombres y por ello, parte de la historia: “Nadie reconoce en los libros de historias/ su historia. Nadie se atreve a decir/ así fuimos, no hace mucho tiempo./ Todos quieren olvidar pero no se puede”. Y aquí, la poesía es una manera de indagar en el sentimiento de alguien que alguna vez tuvo fe, quizás, en construir un nuevo país, quizás en la humanidad. Lo cierto es que esa fe se diluye en los bares, porque ese es el mejor lugar para el poeta urbano, donde estar solo se convierte en un rito que por extensión simboliza la esencia de la ciudad.

El también editor Kepa Murua es autor de otros poemarios: Abstemio de Honores (Zarautz, 1998) Cardiolemas (Málaga 1993), Cavando la tierra con tus sueños (Zarautz, 1994), y tiene en prensa Un lugar por nosotros.

Concha García

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