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El arte tiene esas cosas que le hacen ser diferente a todo. La ciencia tiene sus certezas, la matemática sus aproximaciones y variaciones, la música su silencio, la poesía su palabra, pero el arte tiene ese gozo que no se explica con nada. Ni con palabras, ni con certezas, ni con aproximaciones posibles que nos cautiven en un momento de silencio. Eso es lo que tiene el arte. Algo que no se entiende pero nos maravilla por igual a todos. Frente a un hecho artístico surgen las interpretaciones, ante un objeto, las exclamaciones, delante de un monumento, la sorpresa, delante de un hallazgo, la novedad que descifra nuestra visión de las cosas en el momento. Pequeños detalles insignificantes que nos dicen cómo éramos y somos. El arte para todos, para los que no entienden, para los que no se explican, para los que saben, para los que intuyen, para los que no le daban importancia, para los que lo es todo. El arte con su maravilla de ser todo y parecer nada ante los ojos extasiados de tantos hombres y mujeres que pasaron con su sombra por delante de la historia que se reconoce en un objeto, donde parece que se ha detenido el tiempo. Una eternidad que nos hace abrir los ojos con un grito de exclamación y cerrarlos con otro de gozo. El arte que nos hace humanos ante los hallazgos del artista y la evidencia que nos trae toda muerte. El gozo que se desprende de comprender al fin nuestro dilema. Reconocernos en otros, en su esfuerzo y destreza, para nuestra eterna sorpresa aun no entendiendo nada.

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