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Leo el libro titulado Memorias de un hombre perdido del escritor Antonio Ferres y reconozco la brutalidad del pasado reciente. Escritor de la generación de los cincuenta cuenta su infancia y juventud en la guerra civil española, recuerda la posguerra y la vida gris de aquellos intelectuales comprometidos que quisieron cambiar el mundo. Son episodios narrados con la distancia que concede el tiempo, páginas que nos remiten al franquismo y la llegada de la transición, a la historia de una España reciente en la pluma de un hombre que describe con delicada sencillez la mediocridad que le tocó vivir.

En el libro, el lector puede encontrar junto con detalles de un exilio solitario y descarriado, episodios de la literatura emergente que mezclaba sin saberlo literatura y política. Son páginas que mencionan a otros nombres de la escritura como Carlos Barral o Max Aub y estremecen por esa manera de explicar sin rencor un episodio fatídico donde la libertad se intuía al fondo de un túnel muy largo. Estos escritores que lucharon por la libertad de tantas cosas con sus escritos al frente, tuvieron que sobrevivir más tarde en otros lugares porque en su país no tenían dónde ganar algún dinero que les permitiera sacar a su familia adelante.

En esas páginas me encuentro con el nombre de otro escritor, Jesús López Pacheco, a quien tuve la oportunidad de publicar en Bassarai Ediciones, Ecólogas y urbanas, el primer libro de la colección de poesía. Han pasado bastante años, pero todavía recuerdo la noticia de su muerte cuando quisimos que viajara desde Canadá a Madrid para que presentara su último libro en vida. Ahora las cosas se ven de otra forma. Algunos quieren homenajear a estos novelistas y poetas que son parte de nuestra memoria reciente. Así junto al libro de Ferres se publican también otros de Jesús López Pacheco: El homóvil, una novela póstuma que no es novela, sino una rareza de libertad creativa, y un libro de poemas con el título de El tiempo de mi vida. Un tiempo triste que juntó exilio y olvido hasta que se recupera, por lo que parece, con un homenaje fuera de tiempo.

Me vienen a la memoria homenajes recientes con parecidas características como el de Luis Cernuda y Emilio Prados, ilustres exiliados que nadie quiso en vida y cuesta reconocer tras su muerte. La memoria que no cesa con sus trampas al abordar la historia más reciente. Ese es el tiempo de nuestra vida. Ojalá que nadie tenga que exiliarse ni morir alejado de los suyos, que luego con distancia se ve lo absurdo y grotescos que somos por muy radicales que sean aparentemente los motivos. Nadie puede con la soledad de una vida que parece reconocer previamente la literatura. Ojalá tengan los escritores la lucidez de convivir con su historia más reciente.

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