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El poder se siente a sus anchas dejando de lado a sus ciudadanos. Es ley de vida. El mundo de las decisiones políticas que las finanzas arrastran a su antojo no piensa en el ciudadano anónimo con nombre y apellidos. El poder no tiene en cuenta al ciudadano con sus problemas y acusaciones indirectas. Sabe que éste saldrá de sus apuros personales si la sociedad que gobierna se dirige sin rechistar a un rumbo donde las decisiones se toman en nombre de la ciudadanía. El ciudadano descontento, que no se identifica con grandes proyectos, siente la hipocresía de las cosas, pero a duras penas tiene fuerzas para rebelarse. Bastante hace con sobrevivir. Sólo los atrevidos que leen la letra pequeña del contrato, reclaman una postura crítica con el que manda en las cosas grandes y también, aunque no lo pretenda, en las pequeñas. El ciudadano lúcido siente la incomodidad de que le tomen por un ingenuo, sopesa la pérdida de tiempo que supone subrayar las contradicciones y mentiras del poder, y descubre su impotencia ante unas declaraciones que no respetan la inteligencia que sostiene la retórica que emana de él.

El poder por otro lado cede espacio a otros poderes. Es la ley del equilibrio. A un poder internacional se le contrapone otro. Así la aldea global de una incipiente Europa que quiere contraponer su status al mundo americano. Un poder europeo con fuerza teórica que es la suma de muchos nacionales. Y el nacional, la de otros periféricos. La lista es interminable, en la periferia abundan otros repartos supeditados a decisiones democráticas. El ciudadano, asombrado, rinde pleitesía a tantos representantes del poder local, regional, autonómico, nacional o internacional de la llamada sociedad laica, que bastante hace con recordar su propio nombre y dirección en la jerarquía que impone la sociedad política.

El ciudadano es como el lector de libros. No le gusta que le tomen por lo que no es. Su capacidad de asombro se pierde en el ámbito internacional, su entendimiento se dispersa en el nacional, y se concentra en lo que conoce de primera mano. El ciudadano se fija en una primera escala en el poder más cercano. En su ciudad, que es la medida del mundo, donde reconoce a los que tienen algo de poder porque siente que les puede tocar con las manos. Pero la sorpresa aumenta cuando en un escalafón pequeño el discurso se transmuta en otro que no tiene nada que ver con las necesidades reales del ciudadano. El ciudadano es como el lector al que no le gusta que le tomen el pelo. No sabrá teorizar su descontento, pero ante las palabras vacías de unos dirigentes que hacen política ciudadana como si ordenasen el mundo, toma luego decisiones que sorprenden al poder, por muy pequeño o grande que sea.

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