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Mugalari, Junio 2000. Brosquil reedita estos días un título clave de Kepa Murua. Seis años han pasado desde la aparición en 2000 de Un lugar por nosotros, que marcó un hito en la carrera del poeta vasco. Tras el tono reconcentrado y metafísico de Siempre conté diez y nunca apareciste (1999) o Cavando la tierra con tus sueños (2000), el autor se abrió a los demás sin perder rasgos de su identidad artística. Ese “lugar” del título era reconocible, próximo: su tierra, lastrada por injusticias y conflictos que obligaban a levantar la voz. Como en ocasiones ha reconocido el poeta, se le metió como nunca la vida durante la creación del poemario.

¿Qué hallará el lector que abre ahora Un lugar…? Pienso que un poeta que pulsó las teclas de la cercanía, de lo referencial, de la realidad, para bucear en la intimidad propia y colectiva. Y un sujeto poético moralmente herido que se desahoga y reflexiona.

Hace seis años, la crítica subrayó un sentimiento dominante en el libro: la vergüenza. Murua ha confesado que algunos poemas surgieron de forma visceral, impulsiva, casi a golpe de periódico o tras la percepción de injusticias cercanas. Precisamente, en ese saber compartir sentimientos universales con los lectores (pienso en el pacifismo y ternura de “El mundo es una sábana blanca”) radica buena parte del éxito del libro. Sin embargo, en Un lugar… se aprecia también la importancia del pasado, del poder maléfico de los recuerdos que lastran el presente, de episodios no olvidados que convierten el paso del tiempo en destino.

No es arriesgado afirmar que la hondura del poeta ofreció en esta obra una versión del funcionamiento de las biografías íntima y colectiva. Así, conviven dos instancias cuyas vidas se entrelazan en el poeta. Ambas quedan marcadas por instantes en cuya aparente irrelevancia se encierra el futuro (así, “El retrato en el bolsillo”). País o individuo, pueblo o persona están a merced de fuerzas incontrolables cuyo sentido, para mayor sinrazón, se queda sin descifrar hasta más allá de la muerte (“[…] la vida aguarda a que cierres / los ojos para mostrarte el camino”).

Pero la experiencia demuestra que la vida es también ambivalente. Y como ella, nuestras reflexiones o emociones. Ante el dolor ajeno “se duerme como si nada”, y es en esa enigmática paradoja moral donde reside, quizá, el germen de la vergüenza estupefacta. “¿Por qué decimos una cosa / si quisimos decir otra?”.

Murua inauguró con este libro un subgénero poético (el autorretrato) y amplió su horizonte estilístico. La apertura al otro vino acompañada de un tono más cercano y coloquial, sin olvidar rasgos distintivos como los desplazamientos de sentido o los quiebros sintácticos. De alguna manera, el libro anunciaba el tono que luego cristalizaría en Las manos en alto (2004), evolución apreciable en el reciente Poemas del caminante (2005).

La edición incorpora un largo poema en bloques titulado “Recuerdo”. En él se pueden rastrear claves geográficas, generacionales y hasta biográficas por medio de un exigente encadenamiento léxico que repasa con ritmo prosódico una vida que se contempla sin esperanza ni miedo. Advierto una mirada más ecuánime, como si el paso del tiempo hubiera abierto una nueva perspectiva para analizar el pasado. Como si lo que tuvo importancia dejara de tenerlo. Como si, por así decirlo, la vergüenza diera paso a nuevos sentimientos que indican que la poesía de Murua, como la vida del hombre, es un proyecto abierto y libre al que quedan muchas etapas por cumplir.

Pedro Rodríguez

 

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