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El arte abandona al arte cada cierto tiempo. Lo que ayer valía, hoy no vale tanto. El arte abandona al artista. Lo que ayer era alguien, hoy no sirve tanto. El arte abandona sus credenciales como abandona sus materiales. Hablar de pintura hoy, de escultura, es utilizar metáforas para recomponer el mundo de la creación que se hace añicos por todos los lados. El arte abandona su seriedad y aparece el humor. Abandona su perplejidad y llega hasta lo más hondo que uno pueda imaginar. Abandona su radicalidad y surge la decoración al uso. Abandona su pretendida crítica y surge una nueva manera de entender la cultura política, esa que pretende que el arte cambia porque sí, sin ninguna razón aparente. Pero el arte cambia de formato y de tejido, de cuerpo o de coraza, porque cambia la mirada del espectador como son diferentes los ojos del artista moderno. La razón también es individual o política. Es individual si cae en la locura y en la sinrazón del artista. Es política si es el mercado el que dirige las coordenadas del arte del momento. Porque el arte cambia con los tiempos como cambian las sociedades modernas. Cambia tanto que lo que ayer valía algo, hoy se convierte en pieza de coleccionista, y así lo que tenía sentido se pierde en el sentido de los tiempos. Pero lo que no cambia es su sustancia artística, su origen y definición. No cambian los temas del arte, no varían las necesidades del artista, no se desvirtúan las palabras que le asisten. Ha habido intentos que lo han querido confundir todo. Otro tanto pasa en la música, y mucho más en la poesía, pero el arte habla de la vida y de la muerte, del amor y del desamor, de la soledad y la compañía del retrato de uno frente a la fotografía de todos, del paisaje interior del alma y del exterior que es el mundo. El arte habla del más allá, de lo que tiene sentido y no se sabe, de lo que se desconoce y se intuye. De las cosas que rodean al hombre, de los objetos que hacen de su vida un devenir determinado. El arte vuelve a su origen al plasmar la incertidumbre humana con una artesanía del conocimiento. Escapa de la vida diaria a través de una salida en falso. Es como querer perder el tiempo acortándolo y eliminar el agotamiento de la existencia a través de la contemplación de la nada. Porque el arte define su vida como una reflexión estética y una evolución creativa que hace de la artesanía de la creación un campo para la experimentación creativa. El arte que huye y vuelve sobre sus pasos. Que huye del artista y lo pervierte para sobrevivir. El arte que huye del resto de los humanos, pese a que se insinúa como necesario. El arte que se reinventa y huye de una sola definición, porque en ese juego, en el abandono, el arte no olvida a la vida ni mucho menos al tiempo. El abandono es una metáfora que retrata el mundo de los museos, o un rasgo nominal que define al ser humano frente a la sensibilidad caduca. Pero si hay algo que no abandona el arte, es el hombre en su plena definición. Lo necesita como el retratista al retratado, como el director de orquesta al instrumentista. El arte libre sólo se abandona ante su propia contemplación, una vez que el artista abandona su obra. Una obra que nunca se termina en las embestidas del tiempo y que juega con la vida y la muerte. Sólo se abandona momentáneamente lo que nunca se puede terminar del todo. Una forma de vida que le faltaba al arte para crear ante tanto abandono.

Del libro, Del interés del arte por otras cosas, Ellago Ediciones

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