Gobernantes

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Se hicieron con todo –y todo les parecía poco–.
Se inventaron un sistema de valores, unas leyes,
donde lo peor y lo más corrupto
parecía tener un brillo especial mientras nos engañaban
–y no nos dábamos cuenta de que lo hacían–.
Por nuestra parte, solo podíamos respirar para dentro,
comernos nuestro orgullo –si aún estaba vivo–,
llorar a escondidas y pensar en tiempos mejores.
Por último, dijeron que velaban por el bien del país,
por los intereses de los ciudadanos,
de los más pobres y de los más necesitados;
pero al llegar ahí, no les creímos.
Nos quitaron todo –todo menos la dignidad–.
Por eso seguimos viéndolos
como cuadros y fotografías
que cuelgan en las paredes de los museos.
Y aunque no somos como ellos –ni les hemos reído las gracias–,
recordamos todo lo que hicieron,
hasta que las voces de la historia más cercana
escuchen la dignidad de lo vivido.